Murió José “Pepe” Mujica: el último presidente que eligió ser pobre
>> Uruguay y el mundo, lloran hoy a un hombre que fue muchas cosas: guerrillero, preso, presidente. Pero, sobre todo, fue Pepe.
Por Manuel Rueda
Tu Revista Perfiles
José “Pepe” Mujica, expresidente de Uruguay y símbolo viviente de la humildad en el poder, falleció este martes a los 89 años. Su muerte no fue sorpresiva, aunque sí profundamente conmovedora: él mismo había anticipado el final a comienzos de 2025 con una honestidad brutal y desarmante. “Me estoy muriendo”, declaró entonces, al revelar que el cáncer que lo aquejaba se había extendido al hígado.
Su partida cierra un ciclo excepcional en la política latinoamericana: el del guerrillero que fue preso, el preso que fue presidente y el presidente que prefirió seguir siendo un campesino.
De su conocida biografía, se sabe que José Alberto Mujica Cordano nació el 20 de mayo de 1935 en Montevideo. Su vida fue, desde sus primeros años, una sucesión de decisiones cargadas de convicción: desde el ciclismo en su juventud hasta el ingreso a la militancia política, primero en las juventudes del Partido Nacional, luego en la emblemática guerrilla tupamara durante los convulsionados años 60.
Conoció las sombras más densas de la represión. Fue torturado. Encerrado. Escapó de la cárcel de Punta Carretas en una histórica fuga en 1971, solo para ser recapturado y pasar en total casi 15 años en prisión. Salió en 1985, cuando la democracia uruguaya volvió a respirar tras la dictadura.
Pero Mujica no volvió con odio. Volvió con una profunda vocación democrática. Fundó el Movimiento de Participación Popular (MPP) y, dentro del Frente Amplio, llevó a la izquierda uruguaya a convertirse en gobierno. Fue diputado, senador, ministro y finalmente presidente entre 2010 y 2015.
Durante su mandato se legalizaron el matrimonio igualitario, el aborto y el consumo de marihuana. Pero más allá de las leyes, Mujica dejó una huella indeleble por su forma de ser. Vivía en una modesta chacra, usaba ropa gastada, conducía un viejo Volkswagen escarabajo y donaba buena parte de su salario.
Mientras el mundo lo llamaba “el presidente más pobre del mundo”, él contestaba con una filosofía simple y poderosa: “Pobre no es el que tiene poco, sino el que necesita mucho para vivir”. Mujica fue una rareza ética en tiempos de cinismo. Un político que hablaba sin filtro y sin doblez. Un gobernante que, en vez de blindarse, se expuso.
Junto a su compañera de vida, Lucía Topolansky —también exguerrillera, también senadora, también símbolo— construyó una vida sin adornos ni excesos. No tuvieron hijos, pero sí una legión de seguidores que encontraron en su figura un testimonio de coherencia.
En 2020, tras la irrupción de la pandemia, renunció a su banca en el Senado con una mezcla de resignación y ternura: “La pandemia me echó”, dijo, y se retiró del escenario político sin grandes alardes.
Mujica murió como vivió: con los pies en la tierra, con la palabra clara y con la certeza de haber sido fiel a sí mismo. El mundo pierde a un líder que incomodó con su honestidad, que abrazó la imperfección y que, aún en el poder, eligió la austeridad como declaración de principios.
Uruguay y el mundo, lloran hoy a un hombre que fue muchas cosas: guerrillero, preso, presidente. Pero, sobre todo, fue Pepe.
