abril 29, 2026

Ir contra la naturaleza: la desecación de la laguna de Magdalena

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LAGUNA SECA

Por Sergio Mejía Cano

La “punta de hierro” y la integración ferroviaria

En abril de 1927 se consolidó la vía férrea entre los estados de Nayarit y Jalisco, específicamente entre las poblaciones de Ixtlán del Río, Nayarit, y La Quemada, Jalisco. Este hecho fue denominado por el gremio ferroviario como “la punta de hierro”, ya que logró conectar por ferrocarril el norte con el sur de nuestro país.

En aquel año, la laguna de Magdalena aún no había sido desecada en su totalidad. Se trataba de la segunda laguna más grande de México, solo después del lago de Chapala. Su proceso de desecación había comenzado desde mediados del siglo XIX, supuestamente para aprovechar tierras agrícolas, y culminó en 1934.

La laguna como motor regional

La entonces línea ferroviaria Sud Pacífico de México, filial de la compañía estadounidense Southern Pacific Railroad, requería personal en todas sus ramas y servicios debido a su expansión en el país. Por ello, contrató habitantes de las poblaciones por donde se extendía la vía férrea, entre ellas Magdalena, Jalisco.

Hacia el poniente de esta población existió una gran laguna que aportaba múltiples beneficios a las comunidades de su entorno. Incluso, según antiguos ferrocarrileros, se ofrecía transporte de personas por lancha, ya que la laguna conectaba con Etzatlán, Ahualulco, Hostotipaquillo y otras localidades.

Del agua al desierto

Aunque la laguna fue desecada con el argumento de ganar tierras agrícolas, en la actualidad se observan más terrenos áridos que áreas productivas. La autopista 15-D, que conecta Guadalajara, Jalisco, con Tepic, Nayarit, atraviesa gran parte de lo que alguna vez estuvo cubierto por agua. Hoy, esa zona se aprecia totalmente seca y casi sin cultivos visibles.

Quizá en áreas más alejadas existan siembras, pero a lo largo del trayecto de esta autopista no se observa un aprovechamiento agrícola significativo de aquellas tierras que surgieron tras la desaparición de la laguna.

Una anécdota que revela la magnitud

La laguna de Magdalena era tan extensa que se cuenta una anécdota entre antiguos ferrocarrileros: un joven originario de Magdalena tuvo que viajar a Mazatlán, Sinaloa, para formalizar su ingreso como trabajador del ferrocarril, ya que en ese puerto se encontraban las oficinas generales.

Cuando aquel muchacho vio el mar por primera vez, exclamó con asombro: “Oye, esta laguna sí que está más grande que la de Magdalena”. Para él, el mar no era más que otra versión ampliada del cuerpo de agua con el que había crecido.

Cuando el ser humano desafía a la naturaleza

Una de las características de cierta parte de la humanidad ha sido ir en contra de la naturaleza. No solo se desecó la laguna de Magdalena, alterando de forma drástica el medio ambiente de la región —con cambios climáticos locales y la desaparición de flora y fauna—, sino que este fenómeno se ha repetido en diversas partes del país.

Humedales, arroyos y ríos han sido modificados o desaparecidos, ya sea para extender la agricultura o, lamentablemente, para dar paso a viviendas, calles y avenidas derivadas del crecimiento urbano descontrolado.

El intento de desecar Chapala

Durante el sexenio de Vicente Fox Quesada (2000–2006), se documentó la intención de desecar el lago de Chapala hasta dejarlo en un 60 % de su cota original. El objetivo era aprovechar las zonas secas para cultivos diversos.

Para ello, se comenzó a retener el agua proveniente principalmente de los estados de Guanajuato y Michoacán. Sin embargo, la naturaleza pareció no estar de acuerdo con este proyecto.

La respuesta inevitable de la naturaleza

Al final de ese sexenio, cuando la orilla del lago ya se había alejado considerablemente de su nivel histórico, la temporada de lluvias fue tan abundante que el nivel del agua comenzó a subir de forma acelerada. Las tierras que habían sido secadas de manera intencional, muchas de ellas ya barbechadas y listas para la siembra, volvieron a quedar bajo el agua.

La naturaleza hizo lo suyo, recordando que existen límites que no pueden modificarse sin consecuencias. A pesar de ello, hay quienes insisten en contrariarla, sin aceptar que el equilibrio ambiental no es negociable.

Sea pues. Vale.

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