¿Qué hace verdaderamente fuerte a una institución pública?
La fortaleza de una institución pública depende de sus capacidades permanentes y no exclusivamente de quienes ocupan su titularidad.
>> La independencia como consecuencia de la capacidad institucional
Por Dr. Abel Ortiz Prado
✍️ Tu Revista Perfiles
Cuando en una democracia se designa al titular de una entidad fiscalizadora, el debate público suele concentrarse en las personas: quién fue nombrado, quién votó a favor, quién votó en contra y cuáles pudieron haber sido las motivaciones políticas de cada actor. Ese debate es legítimo y forma parte de toda sociedad democrática. Sin embargo, existe una pregunta mucho más importante que con frecuencia permanece sin respuesta:
¿Qué hace que una institución pública conserve su fortaleza, su independencia y su capacidad técnica, aun cuando cambien quienes la dirigen?
Responder esta pregunta implica distinguir entre la fortaleza de las personas y la fortaleza de las instituciones. La primera siempre es temporal; la segunda debe ser permanente.
Ninguna democracia madura puede depender exclusivamente de las cualidades personales de sus funcionarios. La confianza ciudadana sólo puede consolidarse cuando las instituciones desarrollan capacidades que trascienden a quienes circunstancialmente ocupan sus cargos de dirección.
La independencia institucional no descansa únicamente en la autonomía jurídica que le reconoce la ley. Descansa, sobre todo, en la existencia de procedimientos sólidos, mecanismos de control, equipos profesionalizados, transparencia, memoria organizacional y una cultura institucional capaz de resistir los cambios políticos.
Una institución verdaderamente fuerte es aquella que continúa actuando con objetividad y rigor técnico sin importar quién ocupe temporalmente su titularidad.
Las instituciones públicas fueron creadas precisamente porque las personas son transitorias. Los titulares cambian; las administraciones concluyen; las legislaturas se renuevan. La función pública, en cambio, permanece.
Por ello, la verdadera fortaleza de una entidad fiscalizadora no puede descansar exclusivamente en las capacidades individuales de quien circunstancialmente la dirige.
La capacidad institucional trasciende a las personas
Las organizaciones públicas que alcanzan un mayor grado de madurez desarrollan capacidades institucionales permanentes: conservan el conocimiento técnico, fortalecen la memoria organizacional, profesionalizan a su personal, documentan sus procesos, establecen criterios consistentes de actuación y generan mecanismos internos que reducen la dependencia respecto de las personas.
Cuando estos elementos existen, los cambios de liderazgo dejan de representar un factor de incertidumbre para convertirse en procesos normales dentro de la vida institucional.
Precisamente por ello, los relevos en la conducción de una institución representan una oportunidad excepcional para evaluar su verdadero grado de desarrollo.
Si la calidad del trabajo institucional depende exclusivamente del titular en turno, la organización continúa siendo vulnerable.
Si, por el contrario, mantiene su autonomía técnica y de gestión, la calidad de su fiscalización, la consistencia de sus criterios técnicos, la estabilidad de sus procesos y la objetividad de sus decisiones, demuestra que ha construido capacidades que trascienden a las personas.
Lo anterior no significa que los nombramientos carezcan de importancia. Todo lo contrario. La preparación profesional, la experiencia, la integridad y el liderazgo de quienes encabezan las instituciones públicas siguen siendo factores determinantes para fortalecerlas.
Sin embargo, incluso el mejor nombramiento resulta insuficiente cuando la organización carece de procedimientos consolidados, memoria institucional y capacidades permanentes.
La continuidad institucional, un indicador democrático
Los países con instituciones sólidas no dependen únicamente de funcionarios competentes; dependen, sobre todo, de organizaciones capaces de preservar su misión a través del tiempo.
La continuidad institucional constituye uno de los principales indicadores de la calidad democrática.
Por ello, quizá la discusión más importante no sea únicamente quién ocupa hoy la titularidad de la Auditoría Superior del Estado. La pregunta de fondo es otra:
¿Estamos construyendo instituciones cuya fortaleza permanezca cuando, inevitablemente, cambien las personas que las dirigen?
La ciudadanía deposita su confianza no solamente en los servidores públicos, sino en la capacidad de las instituciones para actuar con profesionalismo, objetividad e independencia, cualquiera que sea el nombre de su titular.
Las instituciones verdaderamente fuertes no son aquellas donde nunca existen controversias. Son aquellas cuya credibilidad permanece incluso cuando existen controversias, porque sus decisiones descansan en reglas, evidencia técnica y procedimientos confiables, y no en la voluntad individual de quienes circunstancialmente las encabezan.
En una democracia madura, las personas fortalecen a las instituciones; pero son las instituciones las que garantizan la continuidad del Estado.
Ese es, quizá, uno de los mayores desafíos del servicio público contemporáneo: construir organizaciones cuya fortaleza sea mayor que la de cualquiera de sus futuros titulares.
Consultor en Gobierno, Finanzas y Administración Pública. Especialista en Asociaciones Público-Privadas. @seguidores.
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