abril 22, 2024

Por José Guadalupe Rocha Esparza

Cuando nuestros escritos se vuelvan erráticos; cuando redactemos con horrores ortográficos; cuando olvidemos el nombre de las cosas; cuando dejemos de amar a quienes amamos; cuando el anclaje con la realidad se vuelva cada vez más difuso; cuando olvidemos las letras, se nos olvide escribir y algún día se nos olvide respirar, la memoria ha sido horadada.

Esta anomalía es Alzheimer, un tipo de demencia que desmorona personas y familias por la gradual desconexión neuronal, para ser tan sólo huésped de nuestro propio cuerpo, fundiéndose lentamente los circuitos cerebrales por la formación de placas amiloides que borran la personalidad de cada uno de nosotros, abismándonos en un silencio galopante, luego definitivo.

Recurrimos a los manuscritos en los momentos de lucidez para recordar nombres, efemérides, cosas, sonidos que luchan con todas sus fuerzas para mantener la mente conectada, lúcida, fragmentos de memoria que eventualmente puede caer, colapsar, olvidándonos de declamar, recitar las capitales de nuestro país o enlistar a todos los presidentes de México.

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