abril 24, 2024

Por José Guadalupe Rocha Esparza

Todos hemos experimentado alguna vez vergüenza, es decir, bochorno, timidez, sonrojo. El miedo a la vergüenza, breve y cruel instante de derrota, arrasa con todo, vivencia profunda, más extensa que la culpa eterna, más compleja que la propia muerte, desnudez moral, espanto, tanto como hundirse y ahogarse en el centro de la tierra, mezcla de tristeza, rabia, ira.

La vergüenza es el mayor afecto de nuestros tiempos, el significante de las nuevas luchas. Ya no se grita ante la injusticia, lo antirreglamentario o la desigualdad. Gritamos ante la vergüenza de lo que ocurre en el mundo; de la arrabalera trifulca parlamentaria y de las impertinentes intervenciones de políticos e inverecundos discursos de muchos representantes populares.

Sólo los descarados sinvergüenzas superan las vergüenzas. Los avergonzados trabajan esa viva emoción, las elaboran, las refinan, la subliminan. En ocasiones, las terminan usándolas como palancas, como cómplices, como resortes; las escurren; las purifican con tal de eliminar la murria destructiva y el desprecio que hacia uno mismo puedan contener.

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