mayo 20, 2024

Por Graciela Machuca Martínez

Conocer su trabajo periodístico, así como las advertencias documentadas, realizadas a lo largo de su vida profesional a los diferentes sistemas de salud pública en el mundo, principalmente al de Estados Unidos, me permitió comprobar, una vez más, que al mundo le hacen mucha falta personas investigadoras como Laurie Garrett, ganadora de un Premio Pullitzer, conocida como Casandra, porque predijo, con sus investigaciones, los efectos del VIH y una pandemia como la del coronavirus.

Frank Bruni, columnista del The New York Time, publicó recientemente una conversación con Garrett, quien cuestiona el sistema de salud pública de los Estados Unidos, incluso a nivel universitario. Ella, para realizar su trabajo periodístico especializado en salud, cursó estudios de postgrado en la Universidad de Harvard, donde dice que a la Escuela de Salud Pública, le fue asignado el edificio más viejo, casi cayéndose. Ese es el interés que le ponen a la salud pública en los Estados Unidos, uno de los países con que México ha firmado un nuevo tratado de libre comercio.

Bruni le pregunta por lo que viene, en torno a la COVID-19 y para ella ya no habrá normalidad, como no la hubo después de los actos terroristas del 2001, porque se tendrá que “revaluar la importancia de los viajes. Revaluarán el uso del transporte público. Considerarán la necesidad de las reuniones de negocios cara a cara. Revaluarán el hecho de que sus hijos vayan a la universidad fuera del estado”. https://www.nytimes.com/es/2020/05/05/espanol/opinion/predicciones-coronavirus.html

El análisis de Garrett nos permite hacer un breve recorrido histórico por varios aspectos comparativos entre Estados Unidos y México, pero solo hagamos referencia a dos: la investigación periodística y los sistemas de salud pública.

Sin olvidar los intereses económicos y políticos que tienen los medios de comunicación como empresas en Estados Unidos se tiene un mayor rigor profesional y ético al momento de verificar las historias, además, de la inversión que hacen para conformar equipos de investigación, profesionalizar y capacitar a su personal, así como estimular la investigación independiente de periodistas.

Ya sea por ejercer lo mejor que pueden la libertad de expresión, porque los medios son temerosos de las demandas legales por incurrir en errores o porque las audiencias son exigentes para ejercer su derecho a la información, pero en el vecino país del norte, las historias periodísticas tienen otro nivel de confiabilidad, sin dejar de lado que se han dado casos de premios Pulitzer que han sido devueltos por que las historias fueron inventadas.

Sin embargo, si observamos los resultados del periodismo en ambos países la diferencia es enorme, no solo en la calidad, sino en la protección de los derechos laborales de quienes ejercen el quehacer periodístico. El número de asesinatos de periodistas no es escandaloso y vergonzante como en México.

El periodismo especializado en salud que ha realizado Laurie Garrett es una prueba de las condiciones favorables que tiene en su país para desarrollarlo. Las piezas periodísticas en salud desarrolladas desde México, son de alta calidad, pero contadas. Cada que la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano abre su convocatoria para el Premio de Periodismo en Salud, solo unos cuantos trabajos mexicanos llegan a manos del jurado.

Las condiciones políticas, económicas y sociales son diferentes. Cada gremio periodístico de ambos países tienen herramientas diferentes para ejercer su actividad ante el poder.

Por otra parte, los sistemas de salud pública de Estados Unidos y México, son opuestos, a pesar que durante las últimas décadas, desde el gobierno mexicano se intentó en tomar el camino que han seguido las políticas públicas sanitarias estadounidenses, por medio de las cuales se privilegian las inversiones privadas en el sector, con la finalidad de que quien requiera de atención médica la pague.

En Estados Unidos hay tres formas de acceder a los servicios médicos. Comprar un seguro médico de cobertura amplia o para emergencias, cuyos servicios los dará un hospital privado; que pagues en efectivo los servicios médicos o que seas beneficiario o familiar del seguro social que el Estado le otorga a pensionados, personas con discapacidad o exmiembros de las fuerzas armadas. Si no reúnes los requisitos para ser pensionado tendrás que comprar un seguro médico o pagar en efectivo los servicios, de lo contrario pondrás tu salud en manos de la suerte.

México tiene una de sus fortalezas en el sistema público de salud, integrado por el IMSS, ISSSTE, los Servicios Estatales de Salud, los servicios médicos de las fuerzas armadas, el Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI), que vino a sustituir al famoso Seguro Popular, que se convirtió en caja para campañas políticas, pero más que nada en bolsa de corrupción desde los gobiernos estatales y el federal.

Todos estos servicios médicos fueron creados desde la perspectiva que la salud era una garantía individual plasmada en la Constitución Política de 1917, como uno de los derechos fundamentales. En la Carta Magna vigente lo podemos ver como un derecho humano plasmado en su artículo cuarto.

Pero el sistema público de salud de México ha sobrevivido a todos los embates de la política y de los proyectos económicos globales, gracias al profesionalismo y ética, así como al compromiso social de mujeres y hombres que integran la Sociedad Mexicana de Salud Pública, a quienes se han formado en la Escuela Nacional de Salud Pública, la cual en sus inicios reunió conocimientos y a expertos de diferentes países.

La experiencia de las campañas de vacunación desde finales de la década de los años cuarenta, después de terminar la Segunda Guerra Mundial o el combate al paludismo y contra muchas otras epidemias ha permitido que el sistema de salud pública en México sea ejemplo a seguir en América Latina y el Caribe, desde luego que el caso cubano se cuece aparte.

Detrás de las políticas públicas, detrás de la clase política que utiliza la salud pública como plataforma electoral, se encuentran sólidos grupos de expertos en epidemiología, infectología, salud pública, quienes desde hace décadas se han dedicado al estudio detallado de la morvi-mortalidad de los mexicanos y han salvaguardado ese patrimonio de México, porque si todo el control se lo hubieran dejado a la clase política, ya lo hubieran terminado de vender como lo hicieron con los ferrocarriles, con el petróleo, la minería y los demás recursos naturales del país.

La diferencia de los servicios públicos de salud entre los de Estados Unidos y México, es enorme, sobre ello nos hablan las cifras de las víctimas de la COVID-19.

Un recuento oficial en Estados Unidos dice que el jueves siete de mayo se cerró con más de 75 mil muertos acumulados, así como con 1.25 millones de contagiados. Aunque hay que tomar en cuenta que la fecha de registro del primer muerto por COVID-19 en Estados Unidos, fue de casi un mes de diferencia con el de México, en los datos de nuestro país se observa una gran diferencia.

Para la misma fecha, México reportó dos mil 961 defunciones y 29 mil 606 positivos. La población de Estados Unidos es más del doble que la mexicana.

Personas de origen mexicano que han muerto en Estados Unidos por el coronavirus ya suman varios cientos si es que no miles, la mayoría indocumentados, quienes no tienen acceso a los servicios de salud, por el alto costo de los seguros médicos y lo impagable de la atención privada. Se fueron huyendo de la miseria y México, pero se enfrentaron a la imposibilidad de pagarse la atención médica en aquel país, además, no acuden a los hospitales de beneficiencia, por el temor de salir a la calle y ser deportados.

Sobre las diferencias de los sistemas de salud pública entre México y Estados Unidos hay mucho que decir.

De acuerdo al portal de noticias Bienestar 180, las cinco diferencias entre ambos sistemas son:

Licencia por maternidad. De acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), aunque en ambos países se da un plazo de 12 semanas como licencia de maternidad, en los Estados Unidos es sin goce de paga por parte del gobierno, con excepción de estados como: California y Nueva York.

Incapacidades. Cuando un trabajador sufre un accidente laboral, en ambos países se cubre este beneficio, pero en los Estados Unidos es cubierto por las compañías privadas de seguros, ya que el gobierno sólo en 12 estados tiene un fondo por seguro de incapacidad.

Seguro Social. El gobierno de EU sólo brinda éste a personas jubiladas, con discapacidades, sobrevivientes, embarazadas o la esposa e hijos de un beneficiario o con pobreza extrema; el resto de la población debe pagar una aseguradora privada que los proteja hasta que sean pensionados.

Servicios de salud privado. En el país vecino, a comparación de México, la diversidad de las empresas, costos y formas de pago que existen son más variados, como respuesta a que el gran porcentaje de los estadounidenses deben pagar su atención médica con sus propios recursos.

Venta de medicamentos. Cada país tiene sus reguladores, en México es la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) y la Food and Drug Administration (FDA) en EU, por lo en algunos medicamentos no están permitidos para su venta.

    Es indudable la fortaleza que tiene el sistema público de salud en México porque lo financia el Estado con el pago de las contribuciones y como es habitual en este país, la clase política que llega a la administración pública, dispone a su antojo de esos recursos que van dirigidos a la salud pública. La corrupción no solo se ha comprobado en el Seguro Popular, sino también en el ISSSTE, IMSS, en los servicios estatales de salud.

Además, las políticas públicas en salud, cada día se alejan más de las necesidades de las personas en situación de pobreza y pobreza extrema, porque el INSABI, que va dirigido a ese sector de la población cobra las llamadas “cuotas de recuperación” que están fuera del alcance de estas familias. A ello hay que sumar la calidad de los servicios, por la falta de infraestructura, equipo, insumos y personal suficiente. A la sociedad mexicana, le corresponde, con sus decisiones y acciones ciudadanas, rescatar el sistema de salud pública de manos de la clase política y confiarlo verdaderamente en quienes con su experiencia lo han mantenido a flote.

Lo cierto es que hoy más que nunca necesitamos más periodistas de la talla de Laurie Garrett/ “Casandra” que podrían incentivarse desde la propia academia de Salud Pública, para integrase a un proyecto de comunicación capaz de articular entre la teoría y la práctica de salud en nuestro país.

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