mayo 20, 2024

Por Socorro Valdez Guerrero

En esta penumbra. Con el canto de los pájaros, esa brisa de madrugada, y esa resplandeciente luna. Una canción de Rocío Dúrcal y el ruido ensordecedor del horno, que, en cada sonido, imaginé la flama que anunció vas desapareciendo.

Así tendido te quiero escribir y las palabras no fluyen, se esconden. Te evaden, como tantas veces lo hice al verte cerca. Te alcancé a ver por última vez, ahí tirado, en esa bolsa café y en esa fría carretilla. No me acerqué a ti, sólo te vi ahí plácido, tranquilo.

Ya antes, sólo un poco antes de esa fatal hora, cinco de la mañana, también te vi. Llegaste a mi recámara a abrazarme y a decirme que no te ibas a ir, que estarías conmigo. No me abrazabas. Pocas veces lo hiciste -sólo ante la muerte- y ahora hasta te acostaste en mi cama, pero era solo un sueño.

Desperté -me despertaron- para decirme que subiera rápido, que habías llegado al crematorio y ya sólo me esperaban para meterte. Corrí, oí a lo lejos los gritos, el llanto de dolor. Sentí ese desgarre, sí, era tu hija y nuestra hermana -su yerno golpeaba la pared-.

Él, desde el sur, en esa videollamada, seguía de cerca a su “Niño” como le decía. Nuestras sobrinas derramaban lágrimas y dolor. Y sus otras hijas, y mi cuñada, en su encierro llorándole. ¿Y mis palabras, y mi dolor?, ¡no salieron!, había que controlar. Verme fuerte y había que impedir que te abrazaran. Mi llanto se contuvo. Sólo se inundaron mis ojos, pero no salieron lágrimas.

Tenía que ser la fuerte. ¿Fuerte? ¡Que va! Hoy letras me hacen falta y guardo silencio. No sé qué decirte ni cómo gritar ese dolor que taladra mi alma. La angustia e impotencia de no haberte salvado. Mi corazón nuevamente destrozado. Y mis fuerzas me abandonan.

Quiero gritarle al mundo cuánto duele. Decirles que no soy la fuerte, que me quiebro. Que ya no aguanto. Quiero que me escuchen, que sepan que jamás, jamás hubiera querido tu muerte. No te entendía ni nuca me entendiste. Tan irascibles ambos, tan empecinados, tan soberbios, y tan hermanos.

Quiero que se enteren, que sepas lo que nunca te dije. No soy ni fui la mejor hermana, pero te amaba. Que tarde lo entiendo. Que tarde lo reconozco. Tampoco soy aquella que creen fuerte. Y sí, la cobardía me invade. Quiero olvidar todo, quiero desaparecer. Decirle a la muerte ¿qué te he hecho?, insultar a Dios, a quien le rogué no te fueras. Que ese maldito virus y esa incapacidad de atenderte, no te mataran. Pero te ¡mataron¡ y también esa fiscalía -General de la República- a la que serviste tanto, ¡te mató! Como muchas otras los están matando.

Con su irresponsabilidad de obligarlos a ir, de no respetar ese acuerdo para empleados con actividad no esencial. Con su empecinamiento para que fueras a trabajar.

Hoy están enfermos ahí, hoy mueren otros de tus compañeros, y hoy exigen tu baja. ¿Por qué tan insensibles, por qué no esperan a que te vayas, porqué esa premura de tu acta de defunción? ¿por qué atosigar y no respetar ese dolor de su hija, de sus hijas? ¿Por qué muerte te empeñas en abatirme. En seguirme, en caminar a mi lado y acompañarme siempre?. ¿Ya no fue suficiente arrancarme a un hermano, a mi padre y a mi madre, para llevarte ahora a él?

Sí al hombre que nos quedaba a las dos. A ellas, tan chavo ruco, tan jovial, y tan cabrón. Tan viejero. Ya, muerte, no vivas conmigo, ¡ya no por favor! Ya deja de ensombrecer todo. ¡Ya basta! Ya de tanta saña. Ya, no quiero luto. Por favor, ¡ya no! Esa es mi historia, pero puede ser la tuya…¡Cuídate por favor!

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