¡Ser o no ser, he ahí el dilema…!
«Las desgracias, al igual que la
fortuna, sólo llegan cuando las
hemos buscado con nuestros actos.»
-Confucio.
Por Luis Alberto Bravo Mora
El texto de Shakespeare, cuando recita el célebre pasaje: «Ser o no ser, he ahí la cuestión» -escena primera del tercer acto, que por cierto transcurre en una estancia del castillo de Dinamarca-, nos remite de inmediato a la imagen del Hamlet con el cráneo de ‘Yorick’ en la mano (pero la verdad es que en dicha escena Hamlet no lleva nada en la mano; no es hasta mucho después que el pasaje del cráneo sucede), esto, en la escena primera del quinto acto, en la que el príncipe danés regresa del destierro en Inglaterra y pasa por un cementerio. Ahí habla con un sepulturero que le informa de la muerte de Yorick, bufón de la corte y amigo de la infancia de Hamlet.
Es entonces, que Hamlet sujeta la calavera de su amigo en la mano, mientras recuerda sus virtudes y reflexiona sobre la muerte y el paso del tiempo: «¡Ay! ¡Pobre Yorick! ¿Qué se hicieron de tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes que animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya de músculos, ni puedes reírte de tu propia deformidad…». Lo que sucede es que la fuerza de la imagen -Hamlet con el cráneo de Yorick- hace que siempre sea representado así en cuadros y carteles, y lo asociemos al «Ser o no ser», que es la parte más célebre del texto.
Hoy viene a mi mente esta imagen y este texto específicamente, por un personaje en estos momentos caído en desgracia y de la gracia de muchos, y así como Hamlet exclama a la calavera de Yorick: «¡Ay! ¡Pobre Yorick! ¿Qué se hicieron de tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes que animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya de músculos, ni puedes reírte de tu propia deformidad…», hagamos una analogía de tiempo, espacio y personaje: “¡Ay! ¡pobre del Ney! ¿Qué se hicieron de tus frases, tus amigos, socios, seguidores y todos esos parabienes que alegraban la mesa con airoso bullicio? Ahora falto de poder, no puedes parafrasear tu propia desgracia…”.
Ney González a pesar de ser hijo del caudillo, siempre remó a contracorriente, muy pronto dejó de gozar de las gracias de su progenitor; sin embargo, el Ney como gustaba le llamaran, siempre tuvo en su mente y como objetivo, llegar a los mismos escaños políticos que su padre o, ¿por qué no? ¡Superarlo en todo! De esta manera el Ney se creó un personaje, una imagen y un carácter que lo ayudaría a generar un equipo de aliados y esto en ‘nayaralandia’, créame, es todo un logro. En esta tierra donde lo que más gozamos es ‘hacer leña del árbol caído’, aun así, hayamos disfrutado no solo de su sombra sino hasta de sus frutos, podos y todo lo que se le pueda explotar al roble, pues por qué no en su caída hacernos de la leña, total: estamos en temporada de frío.
El Ney llegó contra todos a diputado local, y a pesar de todos a diputado federal, contra su partido y el estado, a Presidente Municipal, y lo volvió a hacer para llegar a Gobernador. El camino ya estaba trazado, mismo que también recorrería su sucesor del sombrero, pero esa es otra terrible historia que ya en otro espacio abordaremos.
Este texto no es para defenderlo sino para exponer el grado de hipocresía en el que nos desenvolvemos, la apatía en nuestro actuar para exigir nuestros derechos, el gusto de quemar nuestra casa por ver arder la del vecino. Es un texto en el que Hamlet somos todos los nayaros, y al borde del río mololoa tomamos la calavera del Ney en una mano y la espada a nuestra espalda en la otra, y lanzamos el texto de Shakespeare gritando la frase con hipocresía y cinismo superlativos, con la esperanza de pronto ver caer al otro, no por lo que hizo sino tan solo por el placer de verlo caer.
Puede estar usted o no de acuerdo conmigo, y está en todo su derecho, pero mientras sigamos viendo una gasolinera en nuestra ciudad con seis de sus diez bombas clausuradas por estar alteradas y solo cuatro de ellas abiertas, pero con grandes filas para adquirir el preciado líquido pues… usted disculpe, pero tengo razón en lo que digo sobre nuestro actuar y las consecuencias de nuestros absurdos.
En Nayarit carecemos de héroes, por eso nos encantan aferrarnos a fantasías como la de Juan Escutia y cosas así, roles a seguir que nos guíen hacia una mejor sociedad, y cuando vemos de pronto historias de éxito como la del Ney, pues de pronto todos queremos ser Ney, aunque sepamos que está obrando mal. Ante esos hechos nos volteamos hacia otro lado o simplemente hacemos como que, si no pasa nada, y así hemos permitido un fiscal como el que tuvimos, rectores que han hundido la universidad, organizaciones corruptas, gobernadores como los últimos tres ex gobernadores. Por lo menos cada seis años, hay un nuevo rol en la ciudad del cual nosotros queremos formar parte, ser o parecer, ser o no ser, porque en caso de no ser lo tumbamos, ¡seguro que sí!
