abril 17, 2026
José Ortega y Gasset

El “Idealismo” vive de la falta de

Imaginación.

José Ortega y Gasset

Por Efraín Moreno Arciniega

El gran filósofo español José Ortega y Gasset escribió un ensayo sobre el político de la Revolución Francesa Mirabeau.

En opinión de este ilustre filósofo, Mirabeau estuvo por encima de todos los hombres de su generación, en las que se incluían personajes de la talla de Robespierre, Dantón, Fouchet, entre otros; quienes fueron, como se sabe, los hombres que promovieron la gran Revolución Francesa en 1789, la constitución de la Asamblea Nacional de Francia, y la generación constructora de lo que históricamente se conoce como la Primera República Francesa.

Decía Ortega y Gasset de Maribeau:

La política de Mirabeau no tiene oscuridad alguna. Como los hechos de todo un siglo se encargaron de comprobar, fue la obra más clara que se intentó en la Revolución Francesa.

Si algo en el mundo tiene derecho a causar sorpresa y maravilla, es que este hombre, ajeno a las cancillerías y a la administración,…se convierta en un hombre público, improvise, cabe decir que en pocas horas, toda una política del siglo XIX: la Monarquía Constitucional; y esto, no vagamente y como en germen, sino íntegramente y en su detalle..

Para Ortega y Gasset: Mirabeau fue el único político de todos los miembros de la Asamblea Nacional, de toda la realeza y de todos los revolucionarios de esa Francia; que planteó una posible solución a los problemas que estaba teniendo dicha nación de ese entonces; la que era, como se dijo. la Monarquía Constitucional.

La política de Mirabeau, como toda auténtica política, postula la unidad de los contrarios. Hace falta a la vez, un impulso y un freno. El impulso de 1789 era la nueva burguesía y su credo racional; el freno era el pasado de Francia resumido en la Autoridad del rey. Tenemos, decía Mirabeau a la Asamblea Nacional, un gobierno preexistente, un Rey preexistente y prejuicios preexistentes. Es preciso, acomodar esta cosas a la Revolución y salvar la subitaneidad del caso.

La Revolución era la Asamblea que Mirabeau dominaba. Necesitaba también dominar la contrarrevolución, tenerla en su mano. Necesitaba al Rey.

Necesitaba Francia la Monarquía Constitucional.

Esta propuesta de Mirabeau es el gran mérito que Ortega y Gasset le reconoce para ponerlo por encima de todos los hombres de su generación; aunque, como él mismo también lo señala: unos eran demasiado monárquicos para admitirla; y otros también demasiado constitucionalistas; los radicales de cada bando no permitieron que prospera la propuesta de Mirabeau; y al final de cuentas, todos, los de un bando y otro, los seguidores del Rey y los burgueses de La Montaña, todos, terminaron en la guillotina.

En esa etapa de la Revolución Francesa se impusieron las ideas de los ultra revolucionarios encabezados por Robespierre y Dantón; aunque también hay que decirlo, también llevaron al fracaso a esta revolución, pues la Primera República Francesa, que de este proyecto derivó, terminó en 1804 entregando el poder a Napoleón; quien ante este fracaso de los revolucionarios franceses, impuso a esta nación lo que históricamente se conoce como el Primer Imperio Francés. Esto ya no lo vio Mirabeau pues después del triunfo de la Revolución Francesa en 1789 muere dos años después en 1791.

Para Ortega y Gasset, Mirabeau fue un hombre Magnánimo; visionario. Mientras que todos los demás hombres de su generación fueron hombres pusilánimes, hombres mediocres.

El magnánimo y el pusilánime pertenecen a especies diversas; vivir es para uno y otro una operación de sentido divergente y, en consecuencia, llevan dentro de sí dos perspectivas morales contradictorias.

La perspectiva moral del pusilánime, certera cuando trata de juzgar a sus congéneres, es injusta cuando se aplica a los magnánimos. Y es injusta, sencillamente porque es falsa, porque parte de datos erróneos, porque al pusilánime le suele faltar la intuición inmediata de lo que pasa dentro de un alma grande.

El magnánimo es un hombre que tiene misión creadora: vivir y ser es para él hacer grandes cosas.

El pusilánime en cambio, carece de misión; vivir es para él simplemente existir él, conservarse, andar entre las cosas que está ya ahí, hechas por otros.. Sus actos no emanan de una necesidad creadora, originaria, inspirada e ineludible. El pusilánime, por sí, no tiene nada que hacer: carece de proyectos y de afán riguroso de ejecución.

El pusilánime se preocupa por su yo, su interés, su conveniencia.

Para el magnánimo preocuparse de sí mismo, es preocuparse por el universo.

Ojalá que para esta próxima renovación del gobierno de la República, México pueda encontrar su propio Mirabeau.

Un hombre o mujer visionaria del momento actual que vive el país, y que proponga una solución del Estado que hoy conviene a nuestra la sociedad para su desarrollo económico y la convivencia pacífica.

Una propuesta que convenga a Todos porque nos une a todos.

Continuar con la división de la sociedad que hoy se fomenta desde el gobierno nos puede conducir a Todos, como en aquella Francia de 1789, a la violencia y a la muerte que muchos mexicanos no queremos; y lo peor, a retrasar más de lo que hoy se ha hecho, lo que se había avanzado en democracia.

En vida, como aquel Mirabeau, Porfirio Muñoz Ledo fue un partidario de la construcción, en la situación política actual del país, del Gobierno de Coalición; donde participen todas las expresiones políticas de la nación con un interés común: México.

Tengo muy claro, que esta propuesta u otra que pudiera surgir en este sentido, se pueda topar, como le pasó a la hecha por Mirabeau, con los ultra radicales de los que hoy gobiernan y de los que aspiran a desplazarlos; aunque con ello, pierdan estos, pierdan todos, y pierda México. 

¡Un saludo para Todos!   

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