La deuda de Pemex: pasado, presente y narrativa política
Por Manuel Rueda
La presidenta Claudia Sheinbaum volvió a colocar a Pemex en el centro del debate político, esta vez al bautizar su deuda como “la maldita deuda corrupta de Calderón y Peña”. El señalamiento no es menor: carga la responsabilidad a los gobiernos anteriores, pero al mismo tiempo abre una discusión que va más allá de la retórica.
Los números son contundentes. Entre 2007 y 2018, la deuda de la petrolera se duplicó, al mismo tiempo que la producción de gasolinas y diésel se desplomó. La paradoja es clara: más deuda, menos producción. La caída de la petroquímica, de más de 10 millones a apenas 5 millones de toneladas, retrata la incapacidad de transformar el endeudamiento en infraestructura eficiente o en resultados palpables para el país.
Sin embargo, el discurso presidencial también cumple otra función: reforzar la narrativa de continuidad y contraste. Así como en su momento Andrés Manuel López Obrador utilizó a Pemex como símbolo de soberanía y víctima de saqueos neoliberales, Sheinbaum mantiene el mismo guion, con la diferencia de que ahora ella carga con la responsabilidad de que los vencimientos, equivalentes a tres veces el costo del AIFA, no desestabilicen las finanzas públicas.
La estrategia anunciada es clara: Hacienda seguirá respaldando a Pemex para aliviar el peso de los intereses. Y aunque la mandataria presume una mejora en la calificación crediticia de la petrolera, el reto estructural permanece. No basta con señalar culpables ni con exhibir gráficas históricas: el verdadero examen será demostrar que, bajo su gobierno, Pemex no solo sobrevive, sino que se convierte en motor real de crecimiento.
En el tablero político, la deuda de Pemex es también deuda política. Recordar los excesos del pasado puede dar oxígeno al presente, pero no garantiza futuro. Lo que está en juego no es únicamente la memoria del saqueo, sino la capacidad de un gobierno para transformar esa narrativa en resultados tangibles.
