El amanecer de San Juan: cuando las hogueras se apagan y queda la basura
Por María Esther Beltrán Martínez
Fotos: Ayuntamiento de Málaga
Sumario: Desde Málaga, nuestra corresponsal en España, María Esther Beltrán Martínez, reflexiona sobre la cara menos festiva de la Noche de San Juan: las toneladas de residuos que deja una celebración que debería ser símbolo de convivencia, tradición y respeto por el medio ambiente.
Málaga. Pasados unos días de una de las citas más esperadas del año, la capital de la Costa del Sol aún vibra con el eco de la noche de San Juan. Una festividad que arrastra un indiscutible peso tradicional, no solo en diversos rincones de España, sino de manera muy especial en Málaga, donde el mar se convierte en el escenario absoluto.
Es la noche de los encuentros; el momento en que miles de personas se acercan al litoral para prolongar la velada, compartir con amigos y cumplir con ritos ancestrales. Esa complicidad colectiva no es nueva; es el reflejo de una herencia profundamente arraigada.
Los malagueños más veteranos recuerdan con nostalgia cómo, décadas atrás, la magia se cocinaba en el corazón de los barrios. Eran los niños y jóvenes quienes asumían el protagonismo, dedicándose a reunir maderas viejas y trastos para levantar la gran hoguera. Con ingenio moldeaban las tradicionales figuras populares y competían sanamente por ver qué calle lograba el «júa» más original antes de entregarlo a las llamas a la medianoche.
La otra cara de la fiesta
Sin embargo, tras el fuego y los deseos, el amanecer devuelve una imagen que invita a una profunda reflexión.
El Ayuntamiento de Málaga informó que durante la última Noche de San Juan la cantidad de residuos recogidos disminuyó cerca de un 6 por ciento respecto al año anterior. Aun así, el balance deja una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que, con tantos avances tecnológicos, campañas de concienciación y facilidades, se sigan recogiendo toneladas de basura sobre la arena?
Una celebración de este calibre debería ser un reflejo de civismo, una fiesta limpia que demostrara respeto por el entorno natural. En cambio, durante unas horas el litoral se convierte en un vertedero improvisado que exige un enorme esfuerzo humano y material para devolverle su imagen habitual.

Un problema de conducta
Porque, en el fondo, el problema de la basura es un problema de comportamiento humano.
No hace falta esperar a San Juan para comprobarlo. Basta con recorrer los barrios o las propias autovías para encontrar latas, envases y desperdicios abandonados. A pesar de contar con paisajes idílicos y rincones de enorme belleza, la imagen termina deteriorándose por una realidad cada vez más frecuente.
Un ejemplo cotidiano aparece al caminar por el recorrido del autobús de la línea 38, incluso en zonas escolares, donde entre los alcorques y las raíces de los árboles se acumulan residuos de todo tipo.
Esta realidad evidencia una preocupante falta de conciencia que ya no distingue edades. No es un problema exclusivo de jóvenes o adultos; es un fenómeno transversal que refleja la facilidad con la que muchas personas arrojan basura al suelo sin detenerse a pensar en el impacto visual, ambiental y económico que ocasionan.
Un ejemplo que invita a reflexionar
Las comparaciones internacionales resultan inevitables.
Una de las imágenes más admiradas de los grandes eventos deportivos es la protagonizada por la afición japonesa, cuyos seguidores no solo recogen lo que consumen, sino que permanecen después del encuentro limpiando el graderío. Mientras el estadio puede quedar cubierto de desperdicios, el espacio ocupado por ellos luce impecable.
La pregunta surge sola: ¿por qué esa conducta no logra generalizarse en otras sociedades?
Ni el nivel educativo ni el social hacen la diferencia
El problema tampoco distingue clases sociales o niveles educativos.
La autora recuerda una experiencia reciente durante la presentación de unas nuevas salas de cine, donde asistentes pertenecientes a un entorno aparentemente culto abandonaron botellas de agua sobre el suelo al terminar la función.
Si incluso en esos espacios se pierde el hábito elemental de depositar un envase en la papelera, el problema deja de ser circunstancial para convertirse en estructural.

Un enorme esfuerzo para limpiar las playas
Para devolver la normalidad al litoral tras la celebración, la empresa municipal Limasam desplegó desde las 05:30 horas un operativo especial con 227 trabajadores, apoyados por 75 vehículos, además de tractores, camiones cisterna, maquinaria especializada, 40 contenedores de gran capacidad y 330 papeleras adicionales.
El resultado fue la recolección de 19 mil 630 kilogramos de residuos, de los cuales cerca de ocho toneladas correspondieron únicamente a la playa de La Malagueta.
La eficacia del servicio de limpieza merece reconocimiento. Sin embargo, el volumen de basura retirada demuestra que el verdadero cambio no dependerá de disponer de más maquinaria, sino de modificar la conducta de quienes disfrutan esos espacios.
La responsabilidad comienza con cada persona
Hoy se habla constantemente de crisis climática, contaminación y grandes acuerdos internacionales para proteger el planeta. Pero pocas veces nos detenemos a pensar cuánto contribuyen nuestros propios hábitos cotidianos a ese deterioro.
No se trata únicamente de grandes botellones o de envases plásticos. También forman parte del problema las colillas arrojadas a la acera, los desechos de mascotas abandonados en la vía pública o las bolsas de basura dejadas fuera de los contenedores.
La reflexión final resulta inevitable: ¿hacia dónde vamos si somos incapaces de asumir la responsabilidad sobre nuestro propio metro cuadrado? Si la única forma de conseguir un comportamiento cívico consiste en imponer multas o vigilancia permanente, quizá el verdadero fracaso no sea ambiental, sino social.
En Tu Revista Perfiles, respetamos absolutamente la voz del autor.
🎙️ COMENTARIO EDITORIAL

