Al eterno niño cantor de Morelia, Arnulfo Martínez
De Luis Alberto Bravo Mora
Hoy el viento susurra tu nombre y el cielo se viste de duelo. Hoy, el escenario se queda huérfano de tu voz y el telón cae sobre la más dolorosa de las despedidas.
Te fuiste sin avisar, dejando tras de ti un rastro de memorias imborrables, de risas compartidas, de enseñanzas profundas, de un amor por su tierra que jamás tuvo igual. Hoy, Michoacán llora tu ausencia, pero tu esencia queda grabada en cada rincón que caminamos juntos, en cada esquina de Pátzcuaro, en cada acorde de tu canto.
Aún escucho tu voz, aún imagino tu paso firme recorriendo los caminos del arte, la literatura y la amistad sincera. Fuiste niño cantor, dramaturgo, maestro, compañero. Pero, sobre todo, fuiste mi amigo.
Me duele en el alma no haber cruzado un último abrazo, no haber compartido un café más, no haber reído nuevamente contigo. Me duele cada palabra que ya no podré decirte, cada enseñanza tuya que quedó pendiente. Y sin embargo, sé que tu espíritu no conoce despedidas definitivas. Sé que de algún modo, en alguna esquina del universo, seguirás guiándonos, seguirás cantando, seguirás llenando los espacios con tu inagotable pasión por la vida.
Hoy vuelo contigo en el recuerdo, hoy te abrazo desde la distancia, hoy me aferro a la certeza de que el amor y la amistad no conocen la muerte. Descansa en paz, querido Arnulfo, canta, vuela, trasciende.
Si está noche vuelo contigo en el recuerdo, abrazando cada instante que compartimos, cada enseñanza que me regalaste, cada conversación que dejó huella. Me aferro a las imágenes que tengo de ti: tu entusiasmo por mostrarme cada rincón de Michoacán, tu risa sonora en los restaurantes y mercados donde saboreamos la tierra que tanto amabas, tu mirada cómplice cuando trazábamos nuevos proyectos, cuando planeábamos encontrarnos nuevamente. Te veo guiándome por las calles de Morelia, por los senderos de Pátzcuaro, Tzintzunzan, Quiroga, Janitzio, Zirahuen, Morelia y todo Michoacan por los caminos de la amistad verdadera. Te siento aquí, en cada palabra que intercambiamos, en cada regaño cariñoso, en cada mensaje que ya no llegará.
Me duele en el alma saber que el último encuentro que planeábamos jamás se concretó, que nunca tuvimos ese último café, esa última caminata por tu tierra. Pero también sé que la amistad no conoce fronteras ni finales, que los lazos que construimos permanecen más allá de la vida, más allá del tiempo. Y sé, como siempre supe, que tu espíritu es terco, indomable, apasionado, que no permitirás que esta despedida sea definitiva.
Así que canta, Arnulfo, canta como solo tú sabías hacerlo. Alza el vuelo y llena los espacios con tu voz, con tu legado, con la fuerza que siempre te caracterizó. Que allá donde estés sigas compartiendo historias, sigas narrando anécdotas, sigas haciendo del mundo un escenario donde la luz nunca se extingue. Descansa en paz, querido amigo, pero no te quedes quieto. Sigue caminando a nuestro lado, sigue enseñándonos, sigue recordándonos que la verdadera grandeza vive en aquellos que nunca dejan de dar.
Pero también debo ser sincero contigo como siempre lo fui y quiero decirte que:
Hoy, el universo entero se convierte en un enemigo, en un vasto vacío que me mira sin compasión mientras grito tu nombre en la oscuridad. Hoy, la vida—esa miserable ilusión—me arranca de un solo golpe la certeza de tu existencia, me arroja al abismo del recuerdo, me condena a la eternidad de tu ausencia.
Lloro con rabia, con furia, con el dolor seco y ardiente de saber que ya no hay vuelta atrás, que no hay segundas oportunidades, que jamás volveré a escucharte reír, que jamás volverás a tomarme del brazo y decirme que todo estará bien. ¿Qué estará bien ahora? ¿Qué sentido tiene el amanecer sin tus palabras, sin tus pasos, sin tus enseñanzas? ¿De qué sirve el mundo si tú no estás en él?
No quiero respuestas. No quiero explicaciones. No quiero que nadie me hable de ciclos, de tiempos, de resignaciones. Que se callen los sabios, que se derrumbe la paz hipócrita de quienes jamás han perdido a alguien como te perdí a ti. Hoy no quiero que el universo me consuele, porque el universo me ha fallado. Hoy no quiero creer en el destino, porque el destino me ha arrebatado lo único que no debía tocar.
Te lloro con furia. Te lloro con la rabia de quien sabe que la justicia no existe. Te lloro porque no me queda otra opción, porque la alternativa sería fingir que sigo respirando igual, que sigo caminando igual, que sigo siendo el mismo, y ya no lo soy. Ya no lo seré nunca.
Maldita sea la vida que no te dejó quedarte más tiempo. Maldita sea la distancia que no me permitió un último abrazo. Maldita sea la muerte que llega cuando le da la gana, arrasando con todo, sin piedad, sin remordimiento.
Pero, aunque grite, aunque rompa el aire con mi lamento, aunque mi ira consuma cada palabra, sé que nada cambiará. Porque te has ido. Porque hoy el mundo es menos mundo sin ti. Porque hoy mi pecho es un desierto donde tu voz es solo un eco lejano. Y porque, por más que maldiga, por más que reniegue, por más que odie cada rincón de esta existencia vacía, te voy a extrañar. Te voy a extrañar como jamás había extrañado a nadie, y eso, eso es lo que me destruye por dentro.
Adiós, mi amigo. Te lloro. Te grito. Te odio por irte, porque tenías que quedarte, porque aún tenías tanto por dar. Pero te amo, y siempre lo haré. Hasta que el universo tenga el valor de devolverme lo que me quitó.
Por siempre, tu amigo.
Quedo aquí a la espera tú amigo aún en la eternidad
Luis Alberto Bravo
Tepic Nayarit a 16 de junio de 2025
