junio 15, 2026
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“La educación se rehace

constantemente en la        

praxis. Para ser, tiene

que estar siendo”

Paulo Freire

Por Dr. Pedro Gonzáles Castro

y Dr. Rutilo Tomás Rea Becerra

El primero de julio de 2018, aparecía en el encabezado de The New York Times: “López Obrador gana la presidencia de México con una victoria aplastante”. El arribo a la presidencia fue respaldado por una amplia mayoría de votos, expresión tangible de un gran descontento social hacia los abusos de poder de los anteriores gobiernos, generados a la sombra del liberalismo.

Corrupción, impunidad, altos niveles de inseguridad, desapariciones forzadas, gran cantidad de fosas clandestinas y depredación sistemática de nuestro país (entre otros males) fue el legado de la oligarquía liberal, que por años cargó sobre sus espaldas la gran mayoría de la población mexicana. El triunfo de Obrador, como parteaguas en la forma de hacer política, trajo consigo la inmediata necesidad de implementar un “hacer distinto” y comenzar a cimentar una nueva patria.

Desde luego, ello generó un gran descontento de muchos que, ni tardos ni perezosos, sistemáticamente han golpeteado toda actividad que realiza el gobierno federal. Gobernadores de Nuevo León, Durango, Coahuila, Tamaulipas, Colima, Michoacán y Jalisco, en colusión con grupos empresariales, algunos medios de comunicación y uno que otro intelectualoide, han mantenido una actitud casi patológica, cual trastorno oposicionista desafiante.

Si a lo anterior, le agregamos que las “izquierdas” no han podido encontrar la fórmula para articularse y que los procesos de formación política han sido solo buenas intenciones con una orientación academicista y bancaria (reducidos a simples escaramuzas, alejadas completamente de un modelo de política popular), caeremos en cuenta que falta mucho por recorrer. Se sigue abonando a la cultura del silencio. Decía Machado que “se hace camino al andar”, pero sobra a quien no le gusta empolvarse los pies y solo esperan sendas llanas.  

Definitivamente, el panorama es poco halagüeño y, ante ello, es imperativo estar conscientes de que las circunstancias son objetivas y no de otro modo. El hecho de contar con una mayoría representativa, no deriva en la desaparición de problemas estructurales. Estamos ante un dilema implicativo y es necesario reconocerlo.

Se siguen repitiendo comportamientos y “verdades” memorizadas, que a simple vista parecen indiscutibles, pero que inhiben la socialización de estrategias orientadas a contrarrestar los andamiajes oportunistas y que lastran la creación de una sólida infraestructura social a través del compromiso, la solidaridad y el trabajo comunitario. Nos han vetado el derecho a cuestionar y a evidenciar lo inoperante, nos han convertido en participes de un “cómodo inmovilismo”.

También, se desdeña cualquier experiencia y conocimiento que podamos poseer, así como la capacidad para estructurar nuestro entendimiento a través de un lenguaje que nos permita reinterpretar nuestra realidad. Indudablemente, la ubicuidad neoriberal permea nuestro actuar y, en tanto no seamos capaces de deslindarnos cognitivamente de los estereotipos sociales, seguiremos aceptando imposiciones verticalistas, gobernadores “ungidos por la divina providencia” y “representantes” de reciclaje.

A estas alturas, es importante entender que, en una estructura de dominación, el lenguaje y la experiencia, al estar alienados, constituyen su reflejo. De allí la importancia de construir, como propone Freire, un “universo vocabular” coherente y significativo respecto a nuestras experiencias y problemáticas comunes a fin de objetivar el proceso de democratización y ciudadanía como política de lucha.

Es necesario tener en cuenta que cualquier posibilidad de cambio estructural será lenta. No son suficientes las buenas intenciones. Quizá una estrategia apropiada, para “hacer camino al andar”, sea aprovechar los factores y las circunstancias que se presenten, con fin de transformarse y al mismo tiempo mantener la coherencia de principios en cada nueva coyuntura. Por ello, es menester estar al pendiente de las posibles reconfiguraciones políticas y económicas.

Observar el entorno, contrastar con la teoría y luego transformar la realidad, en un continuum acción y reflexión, ha de ser la metodología en que se cimenten los compromisos, la solidaridad, el trabajo comunitario, el intercambio de ideas y el quehacer cotidiano; una lucha constante y permanente por un mundo mejor para todos. ¡En tiempos de guerra no es perdonable titubear!

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