mayo 25, 2026
chochi

“El peor analfabeto es el analfabeto político.

No sabe que el costo de la vida […], del pan[…],

depende de las decisiones políticas”.

Bertolt Brecht

Por Rutilo Tomas Rea Becerra y

Pedro Gonzales Castro

Ya desde la conquista española imperó el correlato entre guerra y adoctrinamiento como forma de imposición, la cual fue cubierta muy hábilmente tejiéndose al rededor una narrativa histórica a modo. A distancia de ello, pocos cambios han ocurrido. Los conservadores, abrevando de esas formas de imposición, siguen ocultando la historia, negándola hasta parecer que es olvidada para mantenerse activos en el imaginario colectivo de los ciudadanos.

Entre las cuentas pendientes que tiene la derecha, esta una larga lista de desapariciones forzadas por razones políticas, represión a los opositores, torturas de la policía política. En México, en la década de los sesenta y setenta la persecución orgánica contra los grupos u organizaciones de izquierda era una constante. Tanto en la secretaria de gobernación federal, como en sus similares de algunos estados, se archivaban fotografías de estudiantes “subversivos”, líderes sindicales o dirigentes comunitarios. Hablar de marxismo era un delito.

Era la etapa en la que varios grupos sociales consideraban que no había otro camino más que la lucha armada, eran los tiempos de la “liga comunista 23 de septiembre”, los vikingos, la guerrilla de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez; de los cantautores de protesta como José de Molina y Gabino Palomares. Y también, fue el crisol de los sueños de muchos jóvenes que luchábamos por la utopía de un mundo mejor para todos.

Se vivió en el seno de la guerra sucia, donde el uso del poder social y político dictaban quien podía vivir o cómo algunas debían morir, lo que Achille Mbembe llamara necropolítica o política de muerte en relación con que el cuerpo humano no solo es controlado por la maquinaria de producción capitalista, sino que es un órgano de desecho, que puede ser desaparecido, violentado físicamente hasta matar.

Dichas acciones, aunque aparentemente superadas, no implica que hayan sido olvidadas. La represión y el genocidio lo recordamos muchos mexicanos en las imágenes de los miles de estudiantes que fueron detenidos, desaparecidos o asesinados el 2 de octubre de 1968, en la masacre de los campesinos en Aguas Blancas en Guerrero, en junio de 1995, la matanza de civiles en Tlatlaya en el año de 2014 en estado de México, o en la llamada “verdad histórica” de la desaparición forzada de los 43 alumnos de la escuela normal rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa en Guerrero.

La mayoría de estos hechos, fueron crímenes de Estado. Sin embargo, el discurso y la narrativa de la derecha, fiel a los principios goebbelianos, achaca todos estos históricos males al gobierno de la cuarta transformación buscando desprestigiar mediáticamente al Presidente de la Republica. Resulta cómodo y fácil, acusar de esta herencia al gobierno actual, el cual no escapa a la crítica y no implica justificarlos, pero debemos de cuestionar en la justa medida a los gobiernos. Ya lo dice el viejo refrán: solo la cuchara sabe lo que hay dentro de la olla.

¿Acaso toda la estructura de gobierno cambia al cambiar al Presidente? ¿Qué sucede con los cuadros medios e incluso con los trabajadores de base acostumbrados a la impunidad y la corrupción? ¿Las diversas secretarias del Estado cambian de manera automática? ¿La cultura del “moche” y la “mordida” desaparecen ipso facto? ¿Ese “priista que se lleva adentro” se esfuma por arte de magia? Entender así las cosas se peca de un simplismo y una vulgaridad de opinión.

A casi 56 años del fatídico “2 de octubre”, parece que solo la nostalgia coquetea como el efímero “rojo amanecer”, como un testigo mudo de una historia retaceada; pareciera que la memoria colectiva ha dejado de lado este negro episodio de nuestro país. La indiferencia, alimentada por el consumismo mercadotécnico, por la cultura del esnob y por las necesidades inmediatas de la vida diaria, ha dado lugar a una amnesia disociativa.

Pareciera olvidarse el régimen autoritario, represivo y totalitario del pasado, los actos de corrupción e impunidad que se gestaban (el caso Odebrecht, la casa blanca, el “Panamá Papers”, los miles de millones de dólares depositados por políticos del PRI y del PAN en el paraíso fiscal de Andorra, el escape del Chapo Guzmán de una cárcel de alta seguridad en el gobierno de Vicente Fox, los miles de pesos del presupuesto para construir una barda como refinería  en el gobierno de Felipe Calderón, etc.).

La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión media es pobre, al igual que su memoria. Por ello, la “Coalición fuerza y corazón por México” es representada estratégicamente por una candidata capaz de realizar el menor esfuerzo mental, simplona y vulgar. Por un títere que gusta de bailar como payaso o pegar un chicle en donde se le ocurra; un bufón al que los medios se encargaran de justificarle tanta estupidez y que virilizaran en redes con la intención de infantilizar al pueblo y disminuir su capacidad de crítica, viviendo en el limbo de la ignorancia, la despreocupación y el “valemadrismo” político de una realidad cambiante.

Mucho se ha dicho que en política no hay nada escrito y habiendo una ultraderecha desesperada, todo puede ocurrir. La moneda está en el aire, a ver de qué lado cae.

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