abril 21, 2026
rulfino

Por Gaby Alvarado

“Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que esos sonidos se apaguen” …

Todo esto me llevó a pensar en Comala, el pueblo que describe Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo donde relata la desolación que se vive en un mundo en donde sólo se escuchan los ecos de almas que habían desaparecido de este mundo terrenal; precisamente hace un año, mi esposo y yo viajamos hacia el polvoroso y apretado calor que reinaba en el crucero de entre las Varas y Zacualpan Nayarit, fue así que se me antojó comprar fruta, nos detuvimos justo en el puesto de sandías de una mujer que estaba lista con la vendimia de los frutos de temporada; fue en ese preciso instante en que vimos cómo se arrastraba con dificultad, en medio de los calcinantes rayos solares un perrito con un pelaje color negro ala de cuervo y una mirada de capulín tierno que comenzó a seguir a mi esposo insistentemente, notamos cómo tenía sus patitas traseras con una clara discapacidad derivada de un posible accidente, de un golpe, qué sé yo; por su actitud, parecía no dolerle, al menos, no más que el abandono. Al parecer no tenía dueño, la señora que vendía sandías nos dijo que había aparecido en el lugar días atrás y que se iba de un lugar a otro en medio del implacable sol, en medio de la nada, en busca de comida, agua, sobrevivía gracias a que tomaba sus propios orines, y sus propios desechos, de sus patas traseras asomaba sus pequeños huesos fracturados, ausentes de dolor y de conexión porque él no se quejaba; me senté en una piedra, Gervasio , sensible ante ese pequeño ser indefenso sólo atinó a pedirme que lo lleváramos a casa, vino de inmediato a mi memoria lo difícil que sería tener una mascota con discapacidad, el tiempo, el veterinario, el espacio en aquel hogar en donde vivían ya otras mascotas; sin embargo, sabía yo que en ese preciso instante se estaría definiendo el destino y la vida de ese pequeño perrito, y acepté llevarlo a casa, lo levantamos y lo subimos al auto sobre un cartón que encontramos por ahí; sus rastas, su olor, dejaban asomar la ausencia de cariño y de pronto, se escuchó un aullido en do mayor, como un aullido de lobo, no sé si fue de gusto, de nostalgia de partir del nunca jamás, del lugar de la nada.

A partir de ese momento, en la ruta que seguimos para llegar a casa, algunas personas preguntaban sobre qué era lo que le había sucedido a Rulfo, les contestamos la verdad, que no sabíamos lo que le había pasado, lo llevamos al veterinario, lo revisaron y pronosticaron que no podría caminar otra vez, al menos de manera “normal”, le quitaron las pulgas, las garrapatas y la tierra de Zacualpan, aún con todo, no fue posible que quedara completamente limpio, lo que siguió fue que duramos aproximadamente mes y medio curando sus patas traseras y lo vendábamos para que no se siguiera carcomiendo su piel; cambiamos el piso del patio por un vitro piso más liso, le compramos una casita que al final nos la vendieron en descuento al saber la historia de Rulfo.

A la gente parece molestarle el hecho de verlo en la cochera de nuestra casa cuando no está en su silla de ruedas, nos preguntan acerca de lo que le pasó con una mirada, semblante y rostro inquisidor, pensando tal vez que no le estamos brindando la atención adecuada, al pasar de las semanas Rulfo curó sus heridas, ya no necesita vendaje y prácticamente vuela cuando sale a despedirnos con sus ladridos cuando nos alejamos de casa; ladra y hasta casi maúlla de felicidad cuando nos ve llegar; él no está sólo en casa, se queda con nuestros otros hijos perrunos y gatunos, cada uno de ellos tiene su propia historia, han llegado en circunstancias diferentes uno de otro, pero su común denominador, ha sido el abandono de algún humano.  Yo no cuento esta historia por otra cosa más porque quiero compartir con otros el privilegio de tener en nuestra casa a nuestro “Angelito de la buena suerte”, “mi muchachito”, “mi Rulfino Rulfián”, como le digo de cariño, también quiero compartir el hecho de que a partir de su llegada hemos recibido la bendición de muchas personas al enterarse de su existencia y al conocer la historia del cómo llegó a formar parte de nuestra familia.

Puedo decir que mi hija se graduó, tanto ella como mi hijo encontraron trabajo, mis plantas se han puesto más hermosas, en casa no hace calor, ni hay humedad y pronto, muy pronto, llegará un nuevo integrante que nos convertirá en abuelos otra vez.

¡¿Acaso dudan que Rulfo nos ha traído demasiada suerte?! Todos tenemos el poder de crear la realidad que nosotros creamos, sólo basta confiar en que existen diferentes maneras en la que Dios manifiesta su amor. Namasté.                 

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