Más allá del sonido: análisis psicológico, comunicativo y neurobiológico del «shhh» en contextos relacionales diversos
El «shhh» es un gesto cotidiano cuyo significado puede cambiar según el contexto, la intención y la relación entre las personas.
“Soy tan partidario de la disciplina del silencio,
que podría hablar horas enteras sobre ella”.
George Bernard Shaw
Por Pedro Gonzales Castro y Rutilo Tomás Rea Becerra
En la compleja red de la comunicación humana, ciertos gestos cotidianos adquieren significados que exceden su apariencia mínima. El «shhh», una señal acústica y gestual ampliamente difundida, constituye un ejemplo paradigmático: puede funcionar como una herramienta de regulación del entorno, pero también como un acto de silenciamiento abrupto que impacta la experiencia relacional y corporal del interlocutor. Comprender su ambivalencia exige integrar perspectivas comunicativas, psicológicas y neurobiológicas, evitando interpretaciones unidireccionales y reconociendo que su efecto depende del contexto, la historia personal y la dinámica vincular.
- Dimensión comunicativa y relacional: entre la regulación y la invalidación
El «shhh» puede funcionar como un gesto de micropoder cuando interrumpe sin negociación el diálogo y transmite desvalorización, a diferencia del lenguaje verbal que permite cortesía y turnos (Eisenberger, 2012; LeDoux, 2015). Sin embargo, también cumple funciones de organización y cuidado: calma a bebés (Feldman, 2017), favorece el descanso en hospitales, facilita la seguridad en emergencias y mantiene la atmósfera en rituales o bibliotecas. En estos casos, no expresa dominio, sino coordinación colectiva. Su significado no es universal: depende de la relación, el contexto y la intención con que se realiza (van der Kolk, 2014; Porges, 2011).
- Neurobiología del silenciamiento: amenaza, dolor social y regulación contextual
La neurociencia aporta claves para comprender por qué el «shhh» puede generar reacciones intensas en ciertos individuos. Cuando el gesto es abrupto, inesperado o se percibe como descalificador, activa circuitos subcorticales asociados a la detección de amenaza, particularmente el eje amígdala–tálamo–ínsula (LeDoux, 2015). Esta activación se vincula con la experiencia de dolor social, que comparte redes neuronales con el dolor físico (Eisenberger, 2012).
No obstante, investigaciones recientes sobre regulación acústica y señales no verbales muestran que los sonidos breves y suaves —incluyendo variantes del «shhh»— pueden disminuir la activación fisiológica en contextos de cuidado, especialmente en infantes (Gustafson & Green, 2020). Esto sugiere que el mismo gesto puede tener efectos opuestos según la intención, el tono, la intensidad y la relación entre los interlocutores.
- Memoria implícita, trauma relacional y teoría polivagal: una respuesta no universal
El «shhh» puede despertar recuerdos corporales ligados a momentos de humillación o control. Esto coincide con lo que explica van der Kolk (2014): algunas experiencias pasadas quedan grabadas en el cuerpo y pueden reactivarse sin que la persona recuerde conscientemente lo que ocurrió.
Desde la propuesta de Porges (2011), el «shhh» puede romper la sensación de conexión cuando se usa de manera brusca o con tono de regaño. En esos casos, el cuerpo puede reaccionar con tensión, irritación o sobresalto; y en personas con historia de trauma, incluso con una sensación de apagamiento o desconexión.
Aun así, estas reacciones no son iguales para todas las personas. Dependen de la relación entre quienes interactúan, del tono con el que se hace el gesto y del contexto. En vínculos seguros, el «shhh» puede sentirse como una señal de cuidado o calma. En relaciones tensas o jerárquicas, puede vivirse como una forma de control. Esta variación es importante para evitar conclusiones absolutas sobre su significado
- Impacto endocrino y variabilidad individual
Cuando a una persona se le corta la posibilidad de expresarse, el cuerpo puede reaccionar con estrés. Sapolsky (2017) explica que, en estas situaciones, el organismo libera sustancias como el cortisol, lo que ayuda a entender por qué el silenciamiento brusco puede sentirse físicamente como tensión, irritación o presión en el pecho.
Por otro lado, Feldman (2017) muestra que ciertos sonidos suaves y repetitivos —incluyendo formas tranquilas del «shhh»— pueden ayudar a bajar el ritmo cardíaco cuando hay una relación de confianza. Esto indica que el «shhh» no es, por sí mismo, un gesto dañino: su efecto depende de la intención con la que se usa, del vínculo entre las personas y de la historia emocional de quien lo recibe.
Conclusión
El «shhh» es un gesto ambivalente cuyo significado oscila entre la regulación prosocial y la microinvalidación relacional. Su impacto no deriva únicamente del sonido, sino de la intención comunicativa, el contexto cultural, la dinámica vincular y la historia neurobiológica del interlocutor. En algunos casos, puede activar memorias implícitas y circuitos de amenaza; en otros, puede funcionar como una señal legítima de cuidado, contención o seguridad.
Reconocer esta complejidad permite transitar de interpretaciones normativas hacia una comprensión más matizada, donde el análisis del gesto se inscribe en la diversidad de experiencias humanas y en la necesidad de construir entornos comunicativos sensibles, seguros y culturalmente informados.
🎙️ COMENTARIO EDITORIAL

Referencias
Eisenberger, N. I. (2012). The pain of social disconnection: Examining the shared neural underpinnings of physical and social pain. Nature Reviews Neuroscience, 13(6), 421–434. https://doi.org/10.1038/nrn3231
Feldman, R. (2017). The neurobiology of human attachments. Trends in Cognitive Sciences, 21(2), 80–99. https://doi.org/10.1016/j.tics.2016.11.007 (doi.org in Bing)
Gustafson, G. E., & Green, J. A. (2020). Soothing infants: Contributions of maternal vocalizations and sound patterns to early regulation. Infant Behavior and Development, 58, 101426. https://doi.org/10.1016/j.infbeh.2019.101426 (doi.org in Bing)
Kolk, B. A. van der. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.
Lanius, R. A., Frewen, P. A., Tursich, M., Jetly, R., & McKinnon, M. C. (2010). Restoring large-scale brain networks in PTSD and related disorders: A neurobiological model of treatment. Psychological Trauma, 2(3), 199–209. https://doi.org/10.1037/a0019898
LeDoux, J. (2015). Anxious: Using the brain to understand and treat fear and anxiety. Viking.
Porges, S. W. (2011). The polyvagal theory: Neurophysiological foundations of emotions, attachment, communication, and self-regulation. W. W. Norton.
