El cerebro como campo de batalla: neurociencias y alienación en el capitalismo tardío
“No es la conciencia del hombre
la que determina su ser, sino por el contrario,
el ser social es lo que determina su conciencia” .
Karl Marx
Sumario: Desde una perspectiva del materialismo dialéctico e histórico, este ensayo analiza cómo la neurociencia, cuando se descontextualiza de las condiciones sociales y económicas, puede convertirse en una herramienta de alienación que individualiza el sufrimiento y oculta las contradicciones estructurales del capitalismo tardío.
Por Pedro Gonzales Castro y
Rutilo Tomás Rea Becerra
Neurociencia y promesa de explicación total
La neurociencia ha alcanzado un estatus casi hegemónico en la explicación de la condición humana. Con su capacidad para mapear la actividad cerebral y desentrañar los intrincados mecanismos neuronales, promete decodificar la esencia de nuestras emociones, pensamientos y comportamientos. Sin embargo, para una crítica arraigada en el materialismo dialéctico e histórico, esta promesa encierra un riesgo: la instrumentalización del saber neurocientífico para perpetuar la alienación y la privatización del sufrimiento en el capitalismo tardío. El cerebro se convierte así en un campo de batalla ideológico donde las contradicciones sociales se reducen a disfunciones individuales.
Conciencia, materia y condiciones históricas
El materialismo dialéctico sostiene que la realidad es un proceso dinámico de contradicciones. La conciencia no es producto de un cerebro aislado, sino que se desarrolla en interacción con las condiciones materiales de existencia. El materialismo histórico enfatiza que las relaciones de producción son el motor de la historia y determinan la conciencia social. Cuando la neurociencia se desvincula de este marco, cae en un reduccionismo mecanicista que disfraza las causas estructurales del malestar humano.
Depresión y burnout: de lo social a lo químico
La creciente prevalencia de la depresión y el burnout suele explicarse desde narrativas que los reducen a desequilibrios químicos o déficits individuales. Esta medicalización, impulsada por la industria farmacéutica y ciertas corrientes neurocientíficas, propone soluciones centradas en la adaptación del individuo. Autores como Johann Hari y Joanna Moncrieff cuestionan esta visión, al señalar que dichas afecciones responden a desconexiones profundas con el trabajo, la comunidad y el sentido de vida, propias de un sistema económico específico.
Autoexplotación y subjetividad en el capitalismo tardío
Conceptos como la “sociedad del cansancio” de Byung-Chul Han o la “vida líquida” de Zygmunt Bauman describen un contexto donde la autoexplotación y la precariedad se internalizan. En este escenario, la neurociencia puede ser utilizada para optimizar emocionalmente al trabajador, ayudándolo a adaptarse a la explotación en lugar de cuestionarla, reforzando así la alienación.
El cerebro como espacio de disputa ideológica
Las contradicciones del capitalismo —explotación, desigualdad, deshumanización— se transforman en problemas de salud mental tratados de forma individual. El sufrimiento se privatiza y la búsqueda de sentido se reduce a procesos neuroquímicos, anulando la concientización que Paulo Freire consideraba indispensable para la liberación. La neuroplasticidad, enfocada solo en la adaptación productiva, pierde su potencial emancipador.
Neurociencia, crítica y emancipación
El materialismo dialéctico e histórico invita a entender el cerebro como parte de un todo social e histórico. La conciencia y la praxis transformadora emergen de la interacción entre cerebro y condiciones materiales. Sin un marco crítico, la neurociencia corre el riesgo de ser un instrumento de control y adaptación, en lugar de una herramienta para la emancipación humana.
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