abril 30, 2026
salinamlo

“La libertad sólo reside en los estados en

los que el pueblo tiene el poder supremo.”

Cicerón

Por Dr. Pedro Gonzáles Castro y

Dr. Rutilo Tomás Rea Becerra

A diferencia de otros periodos presidenciales, la participación de la gente sobre “cuestiones políticas” se ha incrementado. Lo mismo el carpintero, el musico, el que recoge la basura, la señora de la tienda, etc., conocen lo que ocurre en el país y a nivel mundial. Saben del asunto de las vacunas, el petróleo, los problemas de Texas, de la evasión fiscal de algunos empresarios, de los paraísos fiscales, de los supuestos movimientos de lucha financiados por los dueños de minas, de plataformas petroleras. De cómo éstas pasaron a ser propiedad de empresas transnacionales, de la iniciativa privada y de expresidentes.

En el México de hoy, ya no es dable que “los de a pie” sigan el juego metafórico de la “caja negra”. Vientos nuevos se avecinan y, desde luego, ello incomoda a quienes por mucho tiempo hicieron de la política su forma de vida sin que fueran cuestionados. Sin embargo, ningún cambio se da de la noche a la mañana y tampoco los neoliberales se quedarán con los brazos cruzados.

Durante mucho tiempo los grupos oligárquicos se dieron a la tarea de crear una burda versión del “American Dream” en México y, cual depredadores, se dedicaron a la rapiña. Creyeron que la riqueza de nuestro país sería directamente proporcional a su voracidad y echaron campanas al vuelo toda vez que asentaron sus reales en espacios estratégicos que aseguraran la extensión de su poderío.

Un ejemplo, la adopción, en la década de los 90s, de un paquete de reformas denominado “Consenso de Washington”. Éste, observa diez mandamientos específicos: 1) Hacer reformas fiscales: bajar los impuestos de los ricos para “incentivar” la inversión, además de ampliar la base de los contribuyentes, eliminando las exenciones a los más pobres; 2) Liberalizar al máximo y lo más rápido posible los mercados financieros; 3) Garantizar que se trate igual las inversiones locales y las extranjeras a fin de aumenten éstas últimas; 4) Desmantelar el sector público, privatizando las empresas estatales; 5) Desregularizar al máximo las economías de los países para que la competencia lo regule todo; 6) Intensificar la protección de la propiedad privada; 7) Liberalizar al máximo los intercambios entre países: desaparición de aranceles; 8) Impulsar los sectores que puedan exportar; 9) Limitar los déficits presupuestarios; 10) Eliminar subsidios estatales a operadores privados.

Salinas de Gortari impuso este decálogo envolviéndolo bajo un encuadre ideológico al que llamó «liberalismo social». En su implementación, más de quinientas empresas estatales fueron reducidas a casi una quinta parte hacia el final su mandato. Los cambios estructurales incluyeron la privatización de Aeroméxico y Mexicana de Aviación, Telmex y la banca nacional.

Así también, la economía mexicana entró al proceso de globalización, incorporándose al “Tratado de Libre Comercio de Norteamérica”, ello dio puerta abierta a la inversión extranjera directa y al crecimiento de empresas maquiladoras de bienes industriales para el mercado estadounidense. También, el régimen de minifundios fue abolido bajo el propósito de crear un mercado de tierras.

Durante el periodo salinista se llevó a cabo la reforma tributaria que simplificó la estructura impositiva, se racionalizó el IVA y varios impuestos indirectos. Así también, se redujo la carga tributaria al sector privado. En tanto, el gasto siguió una trayectoria descendente respecto del PIB que traía desde el sexenio anterior. El resultado fue la banca rota: devaluación del peso, fuga de capitales y perdida de las reservas internacionales; México se endeuda y requiere una urgente inyección de liquidez, misma que le proporciona el FMI.

De aquí en adelante, el “American Dream” mexicano, se convirtió en la peor pesadilla.  Los intelectuales orgánicos dirán que no es posible hacer una evaluación “completa y justa” si solo se observa el proceso realizado durante el sexenio salinista, sin embargo, los resultados saltan a la vista. De haber continuado bajo el esquema neoliberal, México hubiera tenido que haberse arrodillado ante la perdida de los sectores estratégicos.

Y es precisamente ello lo que ha defendido la oligarquía, el perder sus concesiones mal habidas y que les ha permitido enriquecerse a costa de la desgracia ajena. Su discurso de ubica en el “hubiera”. Históricamente siguen anclados en aquel porfiriato de las grandes haciendas y tiendas de raya. Siguen en la necedad de que el Estado debe seguir endeudado para salvaguardar los particulares intereses burgueses pues, en su lógica, son ellos quienes generan empleos, pero se “olvidan” que el trabajador es quien genera la riqueza.

Indudablemente, el oportunismo esta a la vuelta de la esquina y “donde menos se espere saltara la liebre”. Por ello, debemos entender claramente que en los próximos comicios lo que esta en juego es un proyecto de nación por lo que debemos circunscribirnos a la estrategia coyuntural que permita su consolidación bajo la consigna “poner por encima de los intereses personales, por legítimos que sean, el interés superior, el interés general”. Esto es una revolución.

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