abril 18, 2026

La Cultura Incendiada: Crónica de un Fracaso Compartido

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cultura agonizando

Un Estado donde queden impunes la insolencia y la libertad de hacerlo todo,

termina por hundirse en el abismo.
Sófocles.

Por Luis A. Bravo

PIERDEN TODOS
No se extingue lo que arde con pasión, pero sí lo que se abandona por costumbre. Así naufragó la “Ciudad de las Artes”: no entre gritos, sino entre bostezos. La dejamos morir. No fue sabotaje, fue omisión. Peor aún: fue desinterés.
Hoy nos desgarramos las vestiduras mientras las grúas levantan las tribunas del nuevo estadio, como si fuera esa mole la culpable de haberle robado el aliento al proyecto cultural. No. Lo cierto es que el cuerpo ya estaba frío mucho antes del primer saco de cemento.

Los frentes enfrentados —funcionarios encaramados en sus tronos de arrogancia y una comunidad artística atomizada por el ego y la apatía— convirtieron la posibilidad en ruina. Porque la verdad es simple y brutal: nadie defendió la Ciudad de las Artes cuando todavía respiraba.

Mientras se cobraba el uso de pasillos y salones en instalaciones a medio construir, nadie exigía respuestas. Mientras se prometía, desde campaña, resucitar el estadio, nadie se inquietaba. Y cuando el presupuesto del CECAN se redujo en 40%, no hubo escándalo. Hubo silencio. Y ese silencio fue consentimiento.

Ahora despertamos, furiosos, pero tarde. Lo que hoy llaman resistencia parece más nostalgia que estrategia. ¿Queremos justicia para la cultura o simplemente un motivo para marchar? ¿Necesitamos otro estadio? No. Pero tampoco supimos hacer una necesidad de la Ciudad de las Artes.

No basta la indignación posmórtem. La exigencia es concreta: una mesa de diálogo vinculante, compromisos firmados ante notario, la reubicación inmediata del proyecto cultural, la destitución de ineptos en el CECAN y una verdadera política cultural que no dependa del humor del gobernador en turno.

La cultura no muere por falta de dinero; muere por falta de voluntad. Pero también, por falta de memoria. Y en Nayarit, tenemos ambas carencias de sobra.
La cultura en Nayarit no murió. Simplemente se hartó y pidió vacaciones permanentes. Y mientras unos corean “¡no al estadio!”, otros calculan cuántos reflectores caben en una selfie con pancarta. Nos indignamos como quien llega tarde al velorio y quiere leer las últimas palabras del testamento.

Porque al final, lo único que realmente unió a todos —artistas, autoridades, espectadores y opinólogos de café— fue la desgana. Una desgana profunda, institucionalizada, casi poética. El arte de no hacer nada, elevado a política pública.

Pero ya que estamos en este episodio tardío de conciencia civil, bien podríamos exigir que esa mesa de diálogo tenga algo más que galletas de cortesía.
Aquí van los acuerdos que deberían firmarse, sellarse y enmarcarse:

  1. Entrega del estadio terminadito y reluciente antes de que esta administración se despida con banda y confeti. Y que quede firmado ante notario público y público notoriamente harto.
    2. Reubicación inmediata y viable del proyecto “Ciudad de las Artes” en algún espacio que no huela a promesa vieja.
    3. Destitución fulminante de la directora del CECAN y de sus directores de área. Si el abandono tuviera rostro, ahí tendríamos la galería completa.
    4. Separación formal del CECAN del CECUPI. Porque mezclar administración con centros culturales o museos suena tan lógico como abrir una biblioteca en medio de una cancha de beisbol.
    5. Devolución íntegra del presupuesto original del CECAN al inicio de esta administración, hoy estamos ya con un 40% de presupuesto en tres años y tres directores del CECAN. Porque no se puede sembrar arte en tierra seca… ni con regaderas averiadas.
    6. Creación de al menos dos programas culturales propios. Basta ya de copiar y pegar de la Secretaría de Cultura como adolescentes en examen final.
    7. Diseño y puesta en marcha de una institución cultural digna que no viva de las sobras ni se diluya cada seis años en una licuadora política.

Eso sí, primero hay que lograr lo impensable: que ambas partes se sienten. Sin pataletas, sin discursos prefabricados y sin selfies para Instagram. Tal vez entonces, con suerte y voluntad, la cultura vuelva. Aunque sea para ver si todavía queda algo qué salvar entre tanto escombro y olvido.

La Ciudad de las Artes no es solo una obra pública en disputa; es el epicentro donde colisionan la legalidad, la cultura y una visión de desarrollo que aún no logra consensos.
Lo que está sucediendo con los amparos y la aparente indiferencia institucional para detener la obra revela una fractura preocupante entre el discurso de legalidad y su práctica efectiva.
No se trata de si los permisos existen, sino de quién decide qué merece respetarse en nombre del “progreso” porque al final de cuentas y debemos tenerlo presente quien otorga dichos permisos es el mismo estado.

La narrativa oficial insiste en que todo se hará conforme a la ley, pero ¿qué ley respeta la cultura cuando la prisa por construir ignora la dignidad de los espacios y las voces que los habitan?
Tenemos como ejemplo de ello el parque de la dignidad, mismo que no es solo un terreno baldío, es un símbolo latente de lo que significa pertenecer, de lo que significa resistir a una modernidad que arrasa antes de escuchar.
¿Por qué el Estado, que debería ser garante del patrimonio, se convierte en su principal amenaza?

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