La Terapia en la Era del Capitalismo Digital
“El individualismo agresivo
no es el que va impulsar bien a
la Humanidad sino que la va a destruir”.
José María Arguedas
Por Pedro Gonzales Castro
Rutilo Tomas Rea Becerra
El ensayo explora la compleja relación entre la tecnología, la salud mental y la economía capitalista, basándose en la idea de que la historia es una lucha entre fuerzas de producción y relaciones sociales. En nuestra era, el capitalismo digital ha extendido su influencia hasta la mente humana. La integración de tecnologías como la inteligencia artificial (IA) en la terapia psicológica no es un simple avance, sino un reflejo de un sistema que busca convertir todo, incluso la salud mental, en una mercancía. Este análisis detalla cómo la promesa de la IA se transforma en una herramienta de alienación, y cómo el marketing explota esta alienación para crear un estado de ansiedad que es tanto un síntoma del sistema como un motor para su funcionamiento.
La promesa de la tecnología y su uso capitalista
La IA, con su capacidad para procesar grandes cantidades de datos y ofrecer apoyo psicológico las 24 horas, representa una visión optimista. Podría democratizar la terapia, eliminando barreras como el costo y la geografía. Esta visión presenta a la IA como una herramienta para superar las limitaciones del terapeuta humano y optimizar el bienestar. Por ejemplo, la reestructuración cognitiva podría ser automatizada, permitiendo a las personas «reprogramar» su mente para ser más funcionales.
Sin embargo, el capitalismo desvía este potencial. La salud mental se convierte en un producto de pago, a menudo vendido como una solución milagrosa. Esto crea una doble alienación. Primero, el individuo se aliena de su propio sufrimiento, viéndolo como un problema técnico a resolver con una aplicación, en lugar de una consecuencia de su entorno social. Segundo, se aliena de la conexión humana genuina, ya que la empatía real de un terapeuta es reemplazada por una interfaz fría, lo que refuerza la soledad de la sociedad individualista.
Dentro de este marco, modelos como la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), que se centran en modificar el pensamiento individual, pueden ser cooptados. Aunque la TCC es valiosa, su énfasis en la «reprogramación» personal puede hacer que el sufrimiento parezca un problema individual, desconectado de sus raíces sociales. Como el teórico Mark Fisher explica en el «realismo capitalista», se nos convence de que no hay alternativas al sistema, y cualquier malestar es un fallo personal, no una consecuencia de las presiones sociales. La TCC, sin querer, puede convertirse en una herramienta que ayuda al individuo a adaptarse a un entorno opresivo en lugar de cuestionarlo.
El marketing como motor de ansiedad
La contradicción entre la promesa tecnológica y su uso capitalista se hace evidente en el marketing. Como un instrumento ideológico, el marketing no solo vende productos, sino que también moldea la mente, creando necesidades artificiales. La constante avalancha de contenidos digitales superficiales, como imágenes de vidas perfectas y consejos de autoayuda, no busca enriquecer, sino capturar la atención para fomentar el consumo.
El marketing explota este flujo para generar y capitalizar la ansiedad. Al compararse con los ideales de las redes sociales, las personas sienten que les «falta» algo. Esta insatisfacción es la base de la ansiedad moderna. El marketing crea el problema (la ansiedad de no ser lo suficientemente bueno) y luego ofrece la solución en forma de productos como aplicaciones de meditación o bienes de consumo. La ansiedad se convierte en una fuerza productiva para el capital, impulsando un ciclo interminable de consumo.
El neurofeudalismo y la explotación de la psique
Esta explotación no es un accidente, sino la base de un nuevo sistema social, al que se ha denominado neurofeudalismo. En este modelo, un pequeño grupo de corporaciones tecnológicas actúan como señores feudales, controlando las plataformas digitales (la «tierra») y extrayendo el «valor» de sus usuarios (los «siervos») al manipular sus procesos cognitivos. Los usuarios no reciben un salario, sino acceso a servicios, lo que refuerza su dependencia. La IA, en este contexto, busca optimizar a la persona como una unidad de producción y consumo de datos, no para su bienestar. La lucha de clases ahora también se libra en el terreno de la psicología.
Bajo el neurofeudalismo, incluso ideas progresistas como la neurodiversidad son mercantilizadas. El sistema vende soluciones individuales para que las personas con diferencias cognitivas «funcionen» mejor en un entorno diseñado para la mayoría. En lugar de adaptar la sociedad para ser más inclusiva, se vende la auto-optimización, reforzando la idea de que la solución a los problemas individuales está en la mejora personal, no en un cambio social. Como el filósofo Byung-Chul Han sostiene, en la «sociedad del rendimiento», el individuo se auto-explota.
Hacia la emancipación colectiva
La solución no es rechazar la tecnología, sino reapropiarse de ella. La IA debe ser liberada de las lógicas capitalistas para que sirva a la emancipación humana. Esto implica desmercantilizar la salud mental, convirtiéndola en un bien público.
La lucha contra la alienación debe ser colectiva. La tecnología debe usarse para fortalecer comunidades y fomentar conexiones genuinas. La verdadera terapia no es «reprogramar» al individuo, sino crear una conciencia social que reconozca que el sufrimiento personal a menudo tiene raíces sistémicas. La meta es usar la tecnología para desmantelar las estructuras que generan ansiedad, en lugar de reforzarlas.
Referencias
- Adorno, T., & Horkheimer, M. (1944). Dialéctica de la Ilustración.
- Byung-Chul Han. (2010). La sociedad del cansancio.
- Fisher, M. (2009). Capitalist Realism: Is There No Alternative?
- Foucault, M. (1976). Vigilar y castigar.
- Marcuse, H. (1964). El hombre unidimensional.
- Marx, K. (1867). El Capital: Crítica de la economía política.
