Mortales enemigos
Por José Guadalupe Rocha Esparza
Hay guerra en Ucrania, y él debe ir al combate. El amor y la guerra son mortales enemigos. Esa noche el hombre y la mujer se despiden. Él le promete que regresará, pero no sabe si podrá volver. La guerra está llena de muerte; quizás morirá. Su cuerpo quedará al sol y al aire, los ojos abiertos. Su carne, inmóvil, muda, ya no será para el amor. Ella lo sabe.
Ella es hermosa y él tiene la belleza de un dios joven. Movida por una repentina inspiración, hace que el hombre se ponga de perfil. Le da el último beso; le da también la última lágrima. Toma un carbón y dibuja en un muro de Kiev la silueta del rostro del amado. Así lo tendrá con ella para siempre. Así seguirá viviendo, no importa que haya muerto por moscovitas.
Seguirá enamorada de ese hombre, de ese recuerdo vivido a la caída de aquella tarde sobre la orilla del Mar Muerto, donde las olas dejaron de fluir, donde se aquietó el viento, callaron todas las criaturas y en el cielo aparecieron las estrellas, aunque todavía no se ocultaba el sol, instante en que se detuvo el mundo. Ella llevará en sí la eternidad, el sueño, el amor.
