El cambio de una buena atención médica por una pensión mensual
Por Sergio Mejía Cano
El pasado 29 de enero, diversos medios locales de Guadalajara, Jalisco —como Notisistema y el diario NTR— informaron que en la clínica 89 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) se habían suspendido las sesiones de hemodiálisis, dejando sin atención a por lo menos cien pacientes. Las notas, firmadas por Víctor Montes Rentería y Nancy Ángel, encendieron de inmediato la alarma.
La respuesta oficial del propio instituto no tardó en llegar. El IMSS negó la suspensión del servicio y explicó que varios pacientes fueron atendidos de manera subrogada en la empresa Servicios Especiales de Nefrología (SANEFRO). Aclaró además que lo ocurrido en la clínica 89 fue la remodelación de la sala de hemodiálisis y la instalación de nuevos equipos, por lo que la atención continúa, aunque ahora en turnos diferidos durante las 24 horas del día, con temas aún pendientes para quienes padecen enfermedades renales.
La clínica 89 no es cualquier hospital. Se trata del antiguo hospital general de zona del otrora orgulloso Ferrocarril del Pacífico, S.A. de C.V. (FCP), emblema de la llamada ruta de la costa occidental. Aquella línea ferroviaria contaba con tres hospitales propios: Guadalajara, Mazatlán y Empalme. Instalaciones construidas con aportaciones de la empresa y de los trabajadores, a quienes se les descontaban cuatro pesos por quincena vía nómina, hasta que en enero de 1982 la atención médica de los ferrocarrileros fue integrada al régimen obligatorio del IMSS.
El hospital que hoy conocemos como clínica 89 fue inaugurado a principios de la década de 1960 y se ubica sobre avenida Circunvalación Agustín Yáñez, entre Colonias y Chapultepec, en la colonia Moderna. El inmueble anterior estuvo en la misma zona, en la calle Francia esquina con Escobedo, vía que desapareció para dar paso a la calzada Federalismo.
Con más de 60 años de antigüedad, este hospital ha recibido múltiples remodelaciones, aunque todo indica que siempre serán insuficientes frente a una realidad contundente: el número de pacientes con padecimientos renales crece día con día. En sus años como hospital ferroviario, la atención era personalizada y eficiente: consultas, análisis, citas con especialistas e incluso cirugías se realizaban sin demoras ni vueltas interminables. Todo cambió cuando los ferrocarrileros pasaron al IMSS.
Durante su etapa bajo el FCP, el hospital contaba también con guardería para hijos de trabajadores y una escuela de enfermería con internado, a la que acudían estudiantes de Mazatlán y Empalme, además de hijas e hijos de la gran familia ferrocarrilera. Al entregarse las instalaciones al IMSS, la guardería continuó operando, mientras que la escuela pasó a manos de la Universidad de Guadalajara; el internado, al parecer, desapareció.
Cuando se supo que los trabajadores ferroviarios serían incorporados al IMSS, surgieron de inmediato voces de protesta. Muchos conocían de primera mano el viacrucis que implicaba atenderse en el Seguro Social y preferían conservar la calidad de la atención médica antes que cualquier otro beneficio. El tiempo, para ellos, les dio la razón.
Hoy, aquel hospital de atención cercana y eficiente enfrenta los mismos problemas que aquejan no sólo al IMSS, sino también al ISSSTE: saturación, pacientes atendidos en pasillos, en sillas y, en casos extremos, en el suelo. La atención personalizada quedó atrás.
Pero, como dice el dicho, no hay mal que por bien no venga. De no haberse incorporado al régimen de seguridad social del IMSS, hoy los ferrocarrileros no contarían con su pensión mensual.
Sea pues. Vale.
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