De la resiliencia individual a su resignificación colectiva
“La forma de sanar la sociedad de la violencia y
de la falta de amor, es remplazando la pirámide de
dominación con el circulo de la igualdad y del respeto”
Manitonquat
Por Pedro Gonzales Castro
Rutilo Tomas Rea Becerra
Tradicionalmente, el trauma se ha entendido como un desorden puramente psicológico, algo que reside en la mente o el cuerpo de un individuo. Sin embargo, esta visión es limitada. El trauma es, en su raíz, la manifestación subjetiva de contradicciones materiales y estructurales. Por lo tanto, la resiliencia no puede ser simplemente una cualidad innata de una persona, sino el resultado de un proceso colectivo de lucha y transformación. El propósito de este ensayo es desmantelar la idea de que el sufrimiento se puede «psicologizar», para reubicarlo en el contexto social, político y material en el que surge. La verdadera sanación, argumentamos, no es un proceso de «reparación» individual, sino un acto político de praxis y transformación colectiva, que va más allá del diagnóstico clínico para abordar las raíces de la violencia (Martín-Baró, 1986).
Nuestra sociedad, regida por las dinámicas del capital, se ha vuelto hábil en la maquinación del daño. Al producir miseria de forma sistemática—a través de la pobreza, la desigualdad, la explotación y la migración forzada—el sistema también genera la necesidad de soluciones individuales para el sufrimiento que causa. Esta hipernormalización del dolor humano funciona como una herramienta ideológica que nos hace aceptar lo inaceptable; el dolor ya no es visto como una consecuencia de las relaciones de producción, sino como una parte inevitable de la vida. En este contexto, la resiliencia individual se convierte en una herramienta del statu quo, empujando a las personas a aguantar en lugar de luchar, perpetuando así el ciclo de daño (Bourdieu, 2000).
La instrumentalización de este sufrimiento alcanza su punto máximo en el imperio de la industria farmacéutica y su abordaje biomédico. La falacia del cerebrocentrismo reduce la complejidad del trauma a desbalances neuroquímicos, lo que convenientemente promueve el consumo de fármacos como única solución. Cuando se desvincula del análisis social, la psicoterapia puede convertirse en una instrumentalización de apaciguamiento, buscando que el individuo se adapte a un entorno hostil en lugar de luchar por su transformación (Deleuze & Guattari, 1972).
Para contrarrestar esta visión fragmentada, la psicología somática propone que el trauma se inscribe en el cuerpo, afectando el sistema nervioso y las respuestas fisiológicas. El referente Peter A. Levine, en su trabajo Despertar el tigre: Sanar el trauma, argumenta que el trauma no es solo una historia que contamos, sino una respuesta biológica que debe ser completada. Al igual que los animales en la naturaleza, los humanos necesitan liberar la energía de lucha o huida que queda atrapada en el cuerpo tras un evento traumático. Este enfoque, al reconocer la corporeidad del trauma, desafía directamente el abordaje puramente mentalista. Se trata de una perspectiva que, aunque a menudo se aplica de manera individual, puede ser una poderosa herramienta para entender cómo el trauma vicario afecta el cuerpo de los profesionales y para validar las respuestas fisiológicas de las comunidades sometidas a violencia. El trauma vicario, un fenómeno donde los profesionales de la salud asumen el dolor de sus pacientes, puede ser una contradicción que los lleva a unirse a la lucha de la comunidad, demostrando que el trauma es un fenómeno psicosocial y contagioso, no solo individual (Herman, 1992).
La resiliencia individual es insuficiente para enfrentar la violencia como respuesta a la exposición a ambientes hostiles. Por ejemplo, las neurodivergencias no son un «defecto» individual, sino una forma distinta de existir en un mundo diseñado para la neurotipicidad. El trauma para las personas neurodivergentes a menudo es causado por la violencia estructural de un entorno que no los acomoda (Singer, 1999). Este mismo principio aplica a fenómenos como los desplazamientos forzados. Las consecuencias psicosociales de estos eventos no son aleatorias, sino que provienen de las contradicciones inherentes al sistema: guerras por los recursos, despojo de tierras, etc. La resiliencia en estos contextos se manifiesta en la lucha colectiva por el retorno, la construcción de nuevas comunidades y la defensa del derecho a existir (Fanon, 1961).
La verdadera sanación, por lo tanto, exige una instrumentalización de respuestas que no solo aborde los síntomas, sino que ataque las causas. Es en este punto que la perspectiva de Derechos Humanos y con enfoque de género se vuelve indispensable. No es suficiente con que los individuos «superen» el trauma si las condiciones que lo causaron —como la violencia machista, la discriminación y la desigualdad sistemática— persisten. Desde esta perspectiva, la violencia contra las mujeres y las personas de la comunidad LGBTQ+ no es un problema individual de «salud mental», sino una violación de los derechos humanos que demanda acciones políticas y sociales. Abordar la violencia desde esta óptica significa reconocer que el trauma es una experiencia diferenciada y que las soluciones deben tener en cuenta las asimetrías de poder.
En última instancia, la verdadera sanación es un proceso de resignificación colectiva del trauma y la violencia. Es un acto de praxis, de transformar el sufrimiento compartido en una fuerza para el cambio social. En lugar de encontrar un diagnóstico en un manual, las comunidades pueden crear nuevas narrativas, reconstruir el tejido social y exigir justicia. La resiliencia no se encuentra en las pastillas o en la terapia que busca la adaptación, sino en la lucha colectiva por la justicia social y en la instrumentalización de respuestas que aborden las causas de raíz, y no solo los síntomas (Montero, 2004).
Referencias
- Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Anagrama.
- Deleuze, G., & Guattari, F. (1972). El Anti-Edipo: Capitalismo y esquizofrenia. Paidós.
- Fanon, F. (1961). Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica.
- Herman, J. L. (1992). Trauma and Recovery. Basic Books.
- Levine, P. A. (1997). Waking the Tiger: Healing Trauma. North Atlantic Books.
- Martín-Baró, I. (1986). Hacia una psicología de la liberación. Boletín de Psicología del Salvador, 6(23), 219-231.
- Montero, M. (2004). Introducción a la psicología comunitaria. Desarrollo, conceptos y procesos. Paidós.
- Singer, J. (1999). Odd People In: The Birth of Community Neurodiversity. Publicación independiente.
