abril 26, 2026

La herida profunda: politraumatismo psicológico y su impacto neurobiológico en Palestina

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gaza

“El trauma infantil a menudo tiene efectos

más duraderos que el trauma en la edad adulta”

Alice Miller

Por Pedro Gonzales Castro y

Rutilo Tomas Rea Becerra

El conflicto palestino-israelí, una de las disputas geopolíticas más prolongadas y complejas del siglo XXI, no solo ha generado devastación física y desplazamiento masivo, sino que ha tejido una intrincada red de politraumatismo psicológico en la población palestina. Este término, que trasciende la comprensión tradicional del Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) como respuesta a un evento único, describe una exposición crónica, repetida y acumulativa a diversas formas de violencia, pérdida, opresión y desposesión. Analizar este fenómeno desde la perspectiva de las neurociencias no solo revela la profundidad del sufrimiento humano, sino que subraya cómo la política y la historia se inscriben literalmente en el cerebro de un pueblo, con consecuencias que trascienden generaciones.

El cerebro humano, un órgano asombrosamente adaptable, está diseñado para aprender y reaccionar ante el peligro. Sin embargo, cuando la amenaza es constante e ineludible, como lo es para los palestinos bajo ocupación y bloqueo, los mecanismos de defensa se vuelven disfuncionales. A nivel neurobiológico, la amígdala, el centro de alarma del cerebro, se vuelve hiperactiva, manteniéndose en un estado de hipervigilancia crónica. Esto se traduce en una constante sensación de miedo, irritabilidad y respuestas de sobresalto exageradas, como han documentado estudios y organizaciones en la región (NB Psicología, 2024; Saprea, s.f.). Simultáneamente, la corteza prefrontal (CPF), responsable de la regulación emocional, el razonamiento y el control de impulsos, muestra a menudo una disminución de su actividad o volumen (PETALES España, s.f.; Imbiomed, 2013). Esta desconexión o debilidad en el control superior explica las dificultades para gestionar las emociones, la impulsividad y el pensamiento desorganizado que se observan en individuos expuestos a trauma complejo. El cerebro, en un intento de sobrevivir, prioriza la reacción sobre la reflexión, un estado constante de «lucha, huida o congelamiento» que se vuelve la norma.

El impacto en la memoria y el aprendizaje es igualmente devastador. El hipocampo, crucial para la consolidación de la memoria y la navegación espacial, puede sufrir una reducción de volumen y disfunción debido al estrés crónico (NB Psicología, 2024; SciELO, 2003). Esto explica las dificultades de concentración, los problemas académicos en niños y jóvenes (Infocop, 2024) y la paradójica experiencia de la memoria traumática: fragmentos intrusivos de eventos pasados (flashbacks, pesadillas) que irrumpen en la conciencia sin un contexto temporal claro, manteniendo al individuo atrapado en el horror vivido (Capital Psicólogos, s.f.). La memoria, en lugar de ser una herramienta de aprendizaje, se convierte en una fuente constante de re-experimentación del dolor.

Quizás el aspecto más alarmante del politraumatismo psicológico en Palestina es su transmisión intergeneracional. Las neurociencias, a través de la epigenética, sugieren que las experiencias traumáticas extremas pueden inducir cambios en la expresión génica que se heredan, sin alterar la secuencia del ADN (Psiconetwork, s.f.). Esto significa que los descendientes de aquellos que sufrieron la Nakba de 1948, o las sucesivas guerras en Gaza, pueden nacer con una mayor vulnerabilidad neurobiológica al estrés, una predisposición a la ansiedad o patrones de respuesta alterados, incluso sin haber vivido directamente el trauma original (Dialnet, 2025). La «memoria» del trauma se inscribe no solo en la psique y las narrativas familiares, sino en la misma biología de las nuevas generaciones, condenándolas a un ciclo de vulnerabilidad emocional.

El caso de Palestina, documentado consistentemente por la prensa internacional y organizaciones de derechos humanos, ofrece una visión palpable de estas consecuencias. Las múltiples ofensivas militares en Gaza, las incursiones diarias y la violencia de los colonos en Cisjordania (Al Jazeera, 2025; OCHA, s.f.), el desplazamiento y la demolición de hogares (UNISPAL, 2025), y las asfixiantes restricciones de movimiento y el bloqueo (Human Rights Watch, 2023) componen un panorama de estrés crónico sin precedentes. UNICEF y Médicos Sin Fronteras (MSF) han reportado la alarmante prevalencia de problemas de salud mental en niños palestinos, que experimentan TEPT complejo, depresión, ansiedad y dificultades en el desarrollo que son el eco de este ambiente traumático (UNICEF, 2023; MSF, 2024).

En conclusión, el politraumatismo psicológico en Palestina es una herida profunda que va más allá de la experiencia individual; es un trauma colectivo e intergeneracional con una clara base neurobiológica. El conflicto no solo ha desposeído a un pueblo de su tierra, sino que ha remodelado sus cerebros, alterando sus sistemas de miedo, memoria y regulación emocional, y transmitiendo esta vulnerabilidad a las generaciones futuras. Si bien la neuroplasticidad ofrece un rayo de esperanza para la resiliencia y la sanación (C3-UNAM, 2019), ninguna terapia o intervención psicológica puede ser verdaderamente efectiva sin abordar las causas raíz de este sufrimiento: la ocupación, la violencia sistémica y la negación de derechos. La verdadera «sanación» del politraumatismo psicológico palestino reside en la resolución política del conflicto, la garantía de derechos humanos y el fin de las condiciones que perpetúan este ciclo de trauma. Solo entonces el cerebro de un pueblo podrá comenzar su largo camino hacia la paz.

 

Referencias

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