Libertad de asociaciones religiosas y culto público
Por Sergio Mejía Cano
En el libro “El pueblo del Sol”, del arqueólogo y antropólogo, Alfonso Caso Andrade (1896-1970), detalla lo siguiente: “El temor y la esperanza son los padres de los dioses, se ha dicho con gran verdad. El hombre, colocado ante la naturaleza que le asombra y anonada, al sentir su propia pequeñez ante fuerzas que no entiende ni puede dominar, pero cuyos efectos dañosos o propicios sufre, proyecta su asombro, su temor y su esperanza fuera de su alma y, como no puede entender ni mandar, teme y ama, es decir, adora.
Por eso los dioses han sido hechos a imagen y semejanza del hombre. Cada imperfección humana se transforma en un dios capaz de vencerla; cada cualidad humana se proyecta en una divinidad en la que adquiere proporciones sobrehumanas o ideales “.
Lo anterior viene a colación debido a que recientemente el destacado periodista nayarita, licenciado Ezequiel Parra Altamirano, en su columna periodística “Dimensión Política”, que publica el diario Nayarit Opina, escribe sobre el incremento de adeptos a la “Santa Muerte”, por lo que tanto la Iglesia Católica, así como otros sectores de la sociedad se han inconformado a este respecto al considerar que no se puede tomar como una religión ni mucho menos.
Refiere don Ezequiel Parra que la Diócesis de Tepic ya se ha pronunciado al respecto señalando que “sin ética ni lógica, mezclando rituales, sacando dinero a los incautos, este culto pide ayora reconocimiento legal”.
¡Ande pues! Tal vez lo que teme la Iglesia Católica es la posibilidad de perder más adeptos, pues se ha documentado que últimamente el número de feligreses de esta iglesia a sufrido un grave detrimento; sin embargo, según estudios, la mayoría de los que ahora se dicen adoradores de la Santa Muerte, afirman ser católicos, así que tal vez por esta revoltura de compaginar una creencia con la otra es la que le preocupa a la jerarquía católica.
Tal y como lo señala don Alfonso Caso, es el temor del ser humano lo que lo hace tener que tener emblemas de sus divinidades, de ahí las figuras de santos y santas que a lo largo de su existencia ha echado mano precisamente la religión católica a los que se aduce que son intermediarios para llegar más pronto a Dios. Figuras de las que no se tiene certeza absoluta de que así hayan sido en persona los ahora llamados santos, si acaso sí la del otrora papa, Juan Pablo Segundo (Karoll Wojtyla), pues ya fue designado como santo y, aunque también ya hay otro santo mexicano en la figura de Juan Diego, lo figuran como a un ser similar a Hernán Cortés al ponerle barba y bigote como se la ilustran al invasor español. Pero una figura veraz o real de alguna deidad o santo o santa es poco probable que alguien sepa cómo fueron en realidad. Incluso hasta en la figura del Diablo, pues ¿quién lo vio alguna vez para figurarlo de color rojo, con cuernos, cola con punta de flecha y pies con pezuñas? ¿Será así el Diablo en verdad en caso de existir? Por eso tal vez don José Rubén Romero pone en boca de su creación Pito Pérez: “pobrecito del Diablo, qué lástima le tengo”.
