ÉTICA Y POLÍTICA EN LA 4T
“La libertad política es la condición
previa del desarrollo económico
y del cambio social”
John Fitzgerald Kennedy
Por Dr. Rutilo Tomás Rea Becerra y
Dr. Pedro Gonzáles Castro
Durante muchos años, a la “política” se le ha concedido una relación por demás exclusiva con “los políticos”, con aquellos sujetos amantes del protagonismo hollywoodense. Si son de ciudad, los veremos ataviados de traje y corbata, pocas veces en mangas de camisa. Si son de zonas rurales, los encontramos de sombrero y botas, cinto ancho y de bigote. La “política” de estereotipos sociales, en busca del “prestigio”, algo que concierne a unos cuantos y, por tanto, vedado para las masas.
La polisemia que cubre a la “política” muchas veces da lugar a interpretaciones ligeras y a abordajes superficiales que suelen refugiarse en una crítica barata, socarrona e improductiva, que envuelve a quien la ejerce en un ridículo halo de “intelectualidad”. A costa de represión se nos ha vedado el pensar siquiera la posibilidad de ejercer la “política” por qué ésta es como el fruto prohibido, la esencia del pecado. Pero, como irredentos que somos habría que preguntarnos ¿cuál es la razón principal de que exista la política?
Primero, debemos entender que la razón de ser de la política es el conflicto, la fricción, la contradicción, y mientras existan desigualdades (de cualquier índole) la política tendrá su razón de existir. En este sentido, estar conscientes de que las diferencias existen en todos los rincones de la vida social, es politízanos. Y, por ende, negar el conflicto, negar su existencia entre sexos, en el trabajo, el campo, las minas, en las fábricas, el trabajo doméstico, entre los países, es despolitizarnos.
De igual manera, enfrentarlo de forma individual y particularizarlo, el dejar de lado las implicaciones colectivas, es despolitizarnos. La individualización rompe con los vínculos sociales y deja el campo abierto para que los enemigos de la democracia puedan avanzar en la recuperación de sus privilegios de saqueo y destrucción, agudizando aún más las contradicciones antagónicas.
Por ello, es importante entender que a través de la política se expresan y articular relaciones de poder y que el Estado, las instituciones y la participación social son fundamentales para decidir el rumbo de una sociedad. Un rumbo del que tenemos la obligación histórica de tomarlo en nuestras manos a través de procesos de formación política y en función de las coincidencias colectivas, respetando siempre la condición individual.
Como bien sostiene Juan Carlos Monedero, “detrás de lo político están el poder y el conflicto”, lo que desde luego implica la necesidad de un marco normativo. No podemos resolver nuestras diferencias basado en la fuerza bruta, en la violencia o apoyados en una anarquía que niegue la posibilidad de diálogo, de acuerdos. Deben existir códigos jurídicos, morales, religiosos que permitan la cohesión social. Es por ello que el sistema normativo debe estar basado en la reciprocidad, no en la imposición o el autoritarismo. Debe basarse en el ámbito de lo moral y la confianza de que el cumplimiento de las normas será respetado por todos.
Es por ello que, entre el conflicto y las relaciones de poder, resulta inevitable el tema de la democracia, y no puede haber democracia si no hay participación. Esta participación bien puede ser de manera voluntaria, o porque se obtiene algún beneficio o se considera que participar es lo justo, o bien porque se siente uno obligado hacerlo (por cumplir la ley o evitar sanciones).
Independientemente de cual sea la decisión, debemos de considerar que ningún país, ninguna sociedad ha logrado su transformación por dadivas, sino a través de una lucha permanente, en donde ninguna forma sale sobrando: una huelga, una manifestación callejera, un grupo de análisis o de estudio, un escrito, una reunión, una comparecencia en la cámara de diputados o una toma de carreteras o de oficina gubernamental. Las luchas que suman voluntades, pues encontrando puntos de coincidencias es como se genera la transformación real.
Hoy por hoy, la democracia representativa, que es parte de la democracia liberal, y que en la mayoría de las ocasiones se reduce a la lucha electoral, debe ser superada. La democracia debe ir más allá de los procesos electorales, debe convertirse en una forma de vida de lo inmediato, de lo cotidiano, de lo cercano a nuestro entorno. De lo contrario, la “política” queda como una actividad solo de los “que saben” o bien, se reduce a un ámbito técnico donde hay que dejar que los expertos nos solucionen todo.
Es necesario pues, generar nuevas formas de hacer política, necesario y urgente concebirla de manera distinta. Debemos practicar la política que permita una transformación real “de las estructuras objetivas y subjetivas más justas…cambiar la conducta de los miembros de una comunidad, de los representantes y de los ciudadanos participantes como actores responsables” (Dussel, 2019:13)
Por ello, no podemos concebir el proceso de politización sin una ética basada en principios como el no robar, no mentir, no traicionar, que a final de cuenta son deberes de todo aquel que intente un cambio efectivo y profundo, si nos mantenemos al margen estaremos actuando en contra de nuestros principios y de las necesidades más apremiantes de nuestra comunidad. La lucha contra el neoliberalismo demanda de cada uno de nosotros, además de una actitud participante, una sólida formación política y ética.
¡Esto es una revolución y no es permitido titubear!
Dussel, Enrique (2019). Cartilla ético política. Escuela de Cuadros, Instituto Nacional de Formación Política y Morena Hidalgo
